- Por Eduardo Luis Aguirre |
Los biocosmistas fueron un movimiento heterogéneo y extravagante de anarquistas radicales, poetas y científicos surgido en Rusia a comienzos de los años 1920. El poeta anarcofuturista Alexander Svyatogor fundó el movimiento junto con figuras como Alexander Yaroslavski, siguiendo las ideas filosóficas de Fiódor Fiódorov (1829-1903) sobre la inmortalidad. Para Fiódorov la muerte no era un destino fatal sino una falla técnica y ética. El movimiento fue aceptado inicialmente por el Kremlin, pero luego fue censurado durante el gobierno de Stalin.
De todas maneras, biocosmismo generó en ese momento en la URSS una relación significativa entre la filosofía soviética, los mandatos trascendentes y las ideas cósmicas. Hay videos que ilustran sobre esa coalición increíble que surgiera un siglo antes que los transhumanistas (1). Es más, el biocosmismo es concebido por muchos como el precedente “de izquierda” de los actuales objetivos tecnofeudales que amasa el selecto mundo de multimillonarios de Silicon Valley.
El recorrido histórico de los postulados biocosmistas de la URSS es sorprendente.
Entre sus postulados fundamentales planteaban doblegar a la muerte física en tanto derrotero existencial inexorable. Vale decir, abogaban por la vida eterna. Como en ese proyecto de inmortalidad -en tanto “salvación”- de los seres humanos se involucró una buena parte de la iglesia ortodoxa, la exigencia cristiana fue ampliar los límites de la supervivencia a todos aquellos que habían fallecido en el pasado. Si se trataba un designio de Dios, postulaban, debería ser igual para todos los que alguna vez habían sido seres vivos y eso significaba, lisa y llanamente, la resurrección de los muertos. Lo contrario sería, y así lo concebían, una traición a las generaciones anteriores.
Fiódorov era un creyente ortodoxo que, no obstante, creía que los seres humanos no debían esperar de manera pasiva la segunda venida del Mesías o el juicio final, sino que debían actuar como co-creadores o hacedores de la voluntad de Dios en la Tierra. A partir de esos postulados, la sociedad comunista debería resolver ahora otro problema crucial: el del espacio vital. Hace 100 años, el mundo tenía varios miles de millones menos de habitantes que el actual, pero el biocosmismo entendió enseguida (presión religiosa mediante) que había que habitar el mundo exterior. Hay quienes sostienen que ese sería uno de los motivos del nacimiento de la cosmonáutica soviética y, con posterioridad, de la carrera espacial.
Los biocosmitas tenían algunos denominadores comunes con los modernos transhumanistas, pero también abruptas diferencias.
Una de las coincidencias más importantes era el propósito de sobreponerse a la muerte, a la que consideraban un problema técnico y biológico.
Ambos movimientos pensaron en su momento que la ciencia y la tecnología tenía un valor sustantivo en aras de ese salto evolutivo y que por lo tanto es “la humanidad” quien debe tomar las riendas para acceder a esa “supervida”. Por eso es que, como ya dijimos, la tierra debe ser considerada solamente como un espacio de tránsito humano y que el objetivo ineludible radica en colonizar el espacio exterior. Allí aparece la idea cosmista de la “resurrección de los muertos”, que en clave actual se expresa en la “resurrección digital” a través de una IA de máxima generación.
Por supuesto, existen entre ambas corrientes marcadas diferencias filosóficas y políticas. El cosmismo ruso había nacido en un contexto comunitario, místico, pero profundamente social. El transhumanismo actual abreva en doctrinas extremas del individualismo libertario y de la economía de mercado.
Existe, por ende, una diferencia esperable entre el espiritualismo trascendente que entremezclaba ciencia con religión mientras el transhumanismo es predominante (aunque no exclusivamente) ateo, secular y puramente tecnológico.
De todas formas, el biocosmismo y el transhumanismo siguieron haciendo historia, de distinta manera. Pensadores como el filósofo Nick Bostrom o experimentos como el de Juan Carlos Izpizúa marcaron hitos de enorme significación. El científico español logró crear embriones quimera que combinaban células humanas y de mono en un laboratorio de China, tres de los cuales lograron sobrevivir y crecer fuera de un útero durante 19 días, momento en que la investigación fue detenida. Izpisúa es ahora Doctor Honoris Causa por la Universidad de Granada. Bostrom, autor del libro “Superinteligencia”, es el fundador del Instituto del Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford, creado en 2005 y cerrado en 2024 y aunque advirtió sobre los riesgos existenciales e incluso de la extinción humana que podría generar la IA, también afirma que mediante el progreso de la técnica podríamos vivir cientos de años. No estamos hablando de ciencia ficción. O en todo caso, ese género puso lo suyo para apalancar un nuevo saber en un mundo que nos conduce, a una enorme velocidad, en una dirección que todavía desconocemos.
- https://www.youtube.com/watch?v=BCKK0XjZN98&t=32s
- Costa, Flavia: “Vidas artificiales”, Ed. Taurus, Buenos Aires, 2026.
- Costa, Flavia entrevista en Cabaret Voltaire, “¿Construimos un mundo donde el HUMANO sobra? El peligro del Tecnoceno”, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=BiN1awCSPpM
- Izpisúa, Juan Carlos, Ciclo “Diálogos con la sociedad”, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=oKCdSvFKCWU
- IA y Transhumanismo, un futuro sin necesidad de trabajar – Nota a Nick Bostrom por Jorge Fontevecchia, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=L7LvH-PhNU8
Imagen: Cambio 16.



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