Cuando un pueblo vuelve a encontrarse en un nosotros

*Por Liliana Ottaviano |
Ayer terminó el Mundial. Argentina perdió la final y regresó con el segundo puesto. Desde entonces volvieron a escucharse esas frases que el deporte de alta competencia suele instalar como verdades indiscutibles, “nadie se acuerda de los segundos”, “lo único que importa es salir campeón”.

Sin embargo, lo que esta Selección construyó durante semanas excede largamente el resultado de un partido. Quedará en la memoria por el recorrido, por el carácter de sus jugadores, por la manera en que enfrentó cada dificultad y, sobre todo, porque produjo algo extraordinario en una sociedad que hace tiempo parece haber perdido la experiencia de lo común.

Cada triunfo fue seguido por multitudes que salían espontáneamente a las calles. No importaba si se trataba de octavos, cuartos de final o semifinal. Cada victoria parecía necesitar una celebración colectiva. Y esa fue, quizás, la primera pregunta que este Mundial nos dejó.

¿Por qué había tanta necesidad de festejar?

No me refiero únicamente a la alegría lógica que despierta un triunfo deportivo. Hablo de otra cosa. De esa urgencia por encontrarse con desconocidos. De abrazarse con personas cuyo nombre ignoramos. De ocupar las plazas, las avenidas y las esquinas para cantar juntos.

No sé si ocurre del mismo modo en otros países. Tal vez sí. Pero en la Argentina esos festejos parecían decir algo más que la felicidad por un resultado. Había una necesidad de confirmar, aunque fuera por unas horas, que todavía existía un nosotros. Y quizás esa necesidad sea una de las claves para leer este Mundial. Porque lo que apareció no fue solamente la alegría por una Selección. Apareció la experiencia, cada vez más excepcional, de pertenecer a algo común.

Vivimos una época atravesada por la fragmentación. La conversación pública parece organizarse cada vez más alrededor de identidades enfrentadas. Las redes sociales convierten el desacuerdo en espectáculo permanente. El mercado nos interpela principalmente como consumidores. La vida cotidiana nos exige resolver individualmente problemas que alguna vez encontraron respuestas colectivas. Nos han ido acostumbrando a pensarnos desde el yo, como individuos aislados responsables de resolver en soledad dificultades que tienen una dimensión social.

En ese contexto, el recorrido de esta Selección produjo un acontecimiento que excedió al deporte. Volvió a reunir. Durante algunas semanas suspendió, aunque fuera provisoriamente, diferencias sociales, económicas y generacionales para hacer aparecer una experiencia compartida. No resolvió los conflictos. No eliminó las desigualdades. No borró las diferencias. Pero permitió experimentar algo que hoy escasea, la posibilidad de formar parte de un destino común.

Quizás por eso cada triunfo parecía reclamar una plaza. No alcanzaba con celebrar frente al televisor. La emoción necesitaba convertirse en experiencia colectiva. Como si la alegría sólo adquiriera toda su dimensión cuando encontraba un cuerpo social dispuesto a alojarla.

Pero la misma escena mostró también su reverso. En distintas ciudades aparecieron episodios de violencia, enfrentamientos, destrozos y agresiones. Sería sencillo atribuir esos hechos a “inadaptados” o “violentos” y seguir adelante. Pero esa explicación, además de tranquilizadora, impide pensar. Porque la pregunta sigue allí.

¿Cómo es posible que una misma celebración produzca al mismo tiempo fraternidad y violencia?

Freud sabía que toda identificación colectiva reorganiza también las formas de la agresividad. Las masas no eliminan los conflictos, los desplazan. Allí donde emerge un fuerte sentimiento de pertenencia también pueden liberarse pulsiones destructivas. La violencia no desmiente la necesidad del encuentro. Más bien revela la fragilidad del lazo social sobre el que ese encuentro intenta sostenerse. No la justifica. Pero obliga a preguntarnos por las condiciones en las que hoy construimos comunidad.

Porque no estábamos celebrando únicamente un gol. Estábamos celebrando algo mucho más difícil de encontrar, la posibilidad de reconocernos como parte de un mismo pueblo.

Hubo, además, un partido que condensó una memoria mucho más profunda. La victoria frente a Inglaterra difícilmente pueda leerse únicamente como un resultado deportivo. Malvinas permanece inscripta en la memoria colectiva argentina como una herida abierta. No sólo por la guerra, sino por todo lo que esa guerra condensó. El dolor de una generación y la persistencia de una causa que sigue formando parte de nuestra identidad.

El fútbol no repara esa historia. No sustituye la política. No salda la deuda con los excombatientes. Pero los pueblos elaboran su historia también a través de símbolos. Algunos acontecimientos adquieren una densidad que desborda el deporte para inscribirse en la memoria colectiva. Vencer a Inglaterra tuvo algo de esa épica. No como revancha militar. Mucho menos como celebración de la guerra. Sino como la afirmación de que incluso los pueblos golpeados encuentran formas de recuperar dignidad. Y entonces apareció una frase de Lionel Scaloni que merece ser pensada más allá del fútbol, son indios”.

Muchos la entendieron simplemente como una forma de describir el coraje de sus jugadores. Podemos intentar leer algo más profundo. Durante demasiado tiempo la Argentina quiso reconocerse, sobre todo, en los barcos. Construyó un relato nacional que miraba hacia Europa para explicar quiénes éramos. Ese relato produjo instituciones, proyectos y una determinada idea de país. Pero también dejó zonas enteras de nuestra historia fuera de cuadro: los pueblos originarios, el mestizaje, las culturas populares y latinoamericanas; como si no formaran parte de aquello que llamamos identidad nacional.

Sin proponérselo, Scaloni pareció nombrar otra genealogía. No una categoría biológica. No una identidad racial. Más bien una forma de estar en el mundo, de resistir, de insistir. De no abandonar cuando las condiciones parecen adversas, de volver a levantarse, de jugar hasta el último minuto.

Hay una fuerza en los pueblos del sur. Una fuerza hecha de memoria, de mestizaje, de creatividad frente a la dificultad y de una obstinación que muchas veces desconcierta a quienes leen la historia únicamente desde el poder. Quizás por eso esa frase produjo tanta resonancia. Porque vino a rozar una identidad que la Argentina todavía discute consigo misma. Reconocernos también como un pueblo profundamente latinoamericano, mestizo y popular. Con raíces indígenas, criollas, inmigrantes y obreras.  Aceptando la complejidad de aquello que verdaderamente somos. Porque un pueblo que desconoce su propia historia difícilmente pueda construir un futuro común.

Y quizás ése sea el aprendizaje más profundo que deja este Mundial. No solamente el orgullo por una Selección extraordinaria. Sino la necesidad de volver a encontrar una fibra identitaria capaz de reconstruir la experiencia de un destino común.

Tal vez por eso el fútbol pudo hacer visible, aunque fuera por unas semanas, algo que nuestra época parece haber debilitado, la experiencia de un nosotros. Millones de personas salieron a las calles después de cada partido. No celebraban solamente una victoria. Celebraban la posibilidad, cada vez más escasa, de reconocerse parte de una comunidad. Porque los pueblos también viven de relatos compartidos, de símbolos, de memorias, de gestas y de alegrías comunes.

Dicen que nadie recuerda a los segundos. Pero quizás este no sea el caso.

Quizás ésa haya sido la verdadera conquista de esta Selección, haberle recordado a una sociedad atravesada por la fragmentación que todavía puede encontrarse alrededor de una alegría compartida, de un esfuerzo colectivo y de un sueño común.

Y quizás ése sea el desafío más urgente de nuestra época, volver a construir un nosotros que no dependa de una excepción, de una gesta deportiva o de una alegría extraordinaria para reconocerse como comunidad

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