Ética protestante, tecnocapitalismo e ilustración oscura

*Por Eduardo Luis Aguirre |
No resulta sencillo establecer una relación fundada entre las creencias religiosas y las identidades políticas, especialmente cuando ese entramado histórico se remonta a casi tres siglos. Sin embargo, el desafío es ineludible. Las nuevas formas del capitalismo de aceleración extrema no solo han transformado la economía global, sino que también han venido acompañadas por una renovada filosofía de la existencia y una concepción del mundo y de la condición humana que ha sorprendido incluso a quienes observaban con atención las mutaciones contemporáneas.

En un escenario atravesado por pandemias, guerras, el resurgimiento de autocracias, el progresivo deterioro de la legitimidad democrática, intervenciones militares de diversa naturaleza, genocidios, desigualdades cada vez más profundas y la emergencia de subjetividades moldeadas por el capitalismo financiero, asistimos asimismo a la consolidación de una concentración inédita del poder económico. Magnates capaces de rivalizar con los Estados, corporaciones tecnológicas de una influencia sin precedentes, nuevos sistemas de valores que cuestionan los fundamentos del humanismo occidental y desarrollos tecnológicos cuyas promesas conviven con riesgos difíciles de anticipar configuran una realidad radicalmente novedosa. Frente a ese panorama, formular nuevas preguntas ya no constituye un ejercicio intelectual optativo, sino una necesidad.

¿Cómo explicar, si no, la creciente naturalización de la injusticia social, de la desigualdad estructural y de la concentración obscena de la riqueza? ¿Cómo comprender que el derecho internacional haya sido erosionado por los propios Estados llamados a preservarlo, que la técnica pueda convertirse en una nueva forma de dominación o que la dimensión espiritual de la vida humana parezca retroceder frente a una racionalidad exclusivamente instrumental?

Del mismo modo, ¿cómo pensar las consecuencias futuras de la inteligencia artificial cuando algunos de sus principales impulsores imaginan sociedades sin Estado, sin solidaridad y sin referencias significativas al bien común, sustentadas, paradójicamente, en elaboradas construcciones filosóficas y axiológicas?

¿Qué nueva «alma» comienza a configurarse en los principales centros de poder, particularmente en Estados Unidos? ¿Qué expectativas razonables pueden albergarse respecto del futuro de la especie cuando algunos de los intelectuales más influyentes del universo tecnológico llegan incluso a poner en duda la conveniencia de la supervivencia humana? ¿Cuáles son los ideales, las ideologías y los sistemas de creencias que, durante los últimos años, han articulado las formas más radicales del libertarismo con un capitalismo cuya lógica parece reducir toda forma de vida al cálculo económico?

En un mundo que, hasta hace muy poco, parecía incapaz de aceptar como inevitables el abandono de miles de millones de personas, la mercantilización de los órganos humanos, la relativización de los grandes crímenes de masas, el descrédito de la democracia liberal o la reivindicación de formas políticas premodernas, asistimos hoy a un profundo desplazamiento cultural que merece ser analizado con detenimiento. La pobreza y la exclusión son presentadas cada vez con mayor frecuencia como responsabilidades exclusivas de quienes las padecen, mientras la solidaridad pierde centralidad como principio organizador de la vida colectiva.

En este contexto, no deja de resultar significativo que ciertos sectores libertarios identifiquen al Papa como una figura antagónica, precisamente cuando el pontífice advierte sobre los riesgos éticos derivados del desarrollo tecnológico y del predominio de una racionalidad orientada exclusivamente por el mercado. En esa controversia parece jugarse una parte sustancial del legado humanista de la Ilustración.

Tal vez la mejor manera de aproximarse a la relación entre las nuevas derechas tecnocráticas y el fenómeno religioso consista en evitar toda generalización apresurada. Estados Unidos constituye una sociedad extraordinariamente compleja. No puede reducirse a Silicon Valley ni a las élites económicas conservadoras que gravitan en torno a las grandes empresas tecnológicas. Tampoco todos sus ciudadanos comparten proyectos como la conformación de archipiélagos de ciudades-Estado tecnológicas habitadas por tecnócratas, empresarios y comunidades religiosas, ni respaldan iniciativas como el Proyecto Maven de Palantir.

Antes bien, Estados Unidos atraviesa una intensa disputa cultural cuyos efectos atraviesan todas las dimensiones de la vida pública. Sus conflictos políticos, sociales y culturales expresan una sociedad profundamente diversa, sometida al ritmo vertiginoso de transformaciones económicas y tecnológicas que modifican de manera permanente el horizonte de expectativas de sus ciudadanos.

Como punto de partida, resulta difícil desconocer la existencia de una relación histórica entre el protestantismo —más precisamente, el calvinismo— y el desarrollo del capitalismo, influencia que constituye una de las «dos almas» de Estados Unidos, según la expresión de Jorge Argüello (1).

Fue Max Weber quien otorgó a esta cuestión una formulación clásica en La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Allí recuperó los escritos morales de Benjamín Franklin para identificar una idea decisiva: la obtención de riqueza no representaba simplemente una actividad económica, sino una norma ética, una forma de vida y una vocación que confería sentido a la existencia individual.

Weber sostenía que las sociedades del norte de Europa habían evolucionado bajo el influjo de una ética protestante que promovía el trabajo disciplinado, el ascetismo y la acumulación de riqueza. Esa conducta no respondía, según el sociólogo alemán, a una mera exaltación de la codicia, sino a una rigurosa valoración moral. El espíritu del capitalismo consistía precisamente en la racionalización de la búsqueda del beneficio económico como cumplimiento de un deber religioso. La Reforma Protestante proporcionó así el fundamento cultural que convirtió el éxito material en un signo de virtud antes que en una simple manifestación de prosperidad (2).

Cuando Weber visitó Nueva York en 1904, su interés no se concentró tanto en las novedades de la sociedad estadounidense como en la persistencia de aquellas tradiciones religiosas originarias que seguían moldeando la vida social. Percibía en ellas un núcleo espiritual del cual derivaban una determinada concepción del mundo, una escala de valores y una particular comprensión de la virtud y de la responsabilidad moral.

Ese legado, expresado en un ascetismo riguroso y militante, terminaría impregnando buena parte del denominado American way of life, donde la movilidad social, el prestigio y el éxito económico adquirieron una dimensión ética además de material. Para Weber, el espíritu del capitalismo no era únicamente un sistema económico, sino un conjunto de disposiciones culturales y morales que legitimaban la búsqueda racional de la riqueza como condición del progreso colectivo.

Si bien Weber nunca sostuvo una relación causal mecánica entre protestantismo y capitalismo, sí advirtió que determinadas diferencias doctrinarias entre el catolicismo y la Reforma favorecieron el desarrollo de una racionalidad económica específica en algunas sociedades europeas y, posteriormente, en Estados Unidos.

Una de esas diferencias radicaba en la concepción de la salvación. En la tradición católica, la redención se encontraba asociada a la gracia divina, a la administración de los sacramentos y a la pertenencia a la comunidad eclesial. En cambio, para el calvinismo, la predestinación ocupaba un lugar central: Dios había elegido desde la eternidad a quienes serían salvados y a quienes serían condenados. Ninguna obra humana podía modificar ese destino.

Esa incertidumbre generó un poderoso efecto cultural. Incapaces de conocer su condición espiritual, muchos creyentes buscaron en la disciplina laboral, el ascetismo, la austeridad y el éxito económico señales indirectas de la gracia divina. El trabajo dejó entonces de ser únicamente un medio de subsistencia para convertirse en una auténtica vocación moral. La acumulación de riqueza, lejos de representar un pecado, podía interpretarse como la manifestación visible de una vida conforme a los designios de Dios.

La influencia de esta ética trascendió el ámbito estrictamente religioso y terminó modelando una cultura caracterizada por la racionalización de la producción, la planificación económica, la valoración del esfuerzo individual y la legitimación moral del éxito material. Weber no afirmaba que el capitalismo hubiera nacido exclusivamente del protestantismo, sino que encontraba en esa tradición religiosa uno de los soportes culturales que facilitaron su consolidación histórica.

Este enfoque encuentra ciertos correlatos en la evolución comparada de distintas potencias europeas. El prolongado declive del Imperio español suele explicarse, entre otros factores, por la dificultad para desarrollar una burguesía industrial sólida y por una estructura económica profundamente dependiente de la extracción colonial. Diversos historiadores han señalado que la extraordinaria riqueza proveniente de América no se tradujo en una modernización sostenida de las fuerzas productivas, sino que terminó absorbida por el sostenimiento de la burocracia imperial, los conflictos bélicos y las instituciones eclesiásticas. Mientras tanto, Inglaterra iniciaba un proceso de acumulación que desembocaría en la Revolución Industrial y en la consolidación del capitalismo moderno.

Naturalmente, esta explicación resulta insuficiente por sí sola. Los procesos históricos responden siempre a múltiples causas. Sin embargo, permite comprender que las creencias religiosas también pueden producir efectos duraderos sobre las formas de organización económica y sobre las representaciones culturales del trabajo, la riqueza y el éxito.

Conviene, además, evitar una lectura esencialista del presente estadounidense. La religiosidad no constituye un rasgo homogéneo ni inmutable de esa sociedad. Por el contrario, Estados Unidos experimenta profundas transformaciones culturales. Paradójicamente, mientras durante la pandemia de COVID-19 las creencias religiosas crecieron en buena parte del mundo, la sociedad norteamericana registró un marcado descenso en la valoración de algunos de sus pilares tradicionales.

Como señala Jorge Argüello, en apenas un cuarto de siglo la importancia atribuida a la religión descendió del 62 al 39 por ciento; el patriotismo pasó del 70 al 38 por ciento, y la centralidad de la familia con hijos cayó del 59 al 30 por ciento (4). Estos indicadores muestran que la denominada «guerra cultural» atraviesa también el corazón de la principal potencia mundial y desmienten cualquier imagen de una identidad nacional homogénea.

Precisamente en ese escenario de transformación emerge una nueva élite compuesta por empresarios tecnológicos, fondos de inversión, laboratorios de innovación y pensadores vinculados al universo digital. Sus postulados combinan un fuerte individualismo económico con una creciente desconfianza hacia la democracia representativa, el Estado de bienestar y buena parte de las conquistas civiles alcanzadas durante el siglo XX.

El cambio climático, los derechos reproductivos, las políticas de igualdad de género, la protección de las minorías, la regulación estatal de las plataformas digitales e incluso algunos principios básicos del derecho internacional aparecen, para estos sectores, como obstáculos antes que como conquistas de la civilización democrática.

Sin embargo, sería un error interpretar este fenómeno como un simple retorno del oscurantismo religioso. Más bien parece tratarse de un intento de dotar al nuevo capitalismo tecnológico de una legitimidad moral mediante la recuperación selectiva de ciertos valores asociados a las primeras formas del capitalismo protestante: disciplina, mérito, responsabilidad individual y éxito económico.

La diferencia es decisiva. Mientras la ética descrita por Weber subordinaba la acumulación material a un horizonte trascendente, el tecnocapitalismo contemporáneo parece invertir completamente esa relación. Lo religioso ya no constituye el fundamento de la economía, sino un recurso simbólico destinado a conferir legitimidad ética a un sistema cuya lógica se organiza alrededor de la innovación permanente, la concentración extrema del poder económico y el desarrollo acelerado de tecnologías capaces de transformar radicalmente la vida humana.

En ese desplazamiento se encuentra, probablemente, una de las claves para comprender el surgimiento de corrientes intelectuales como la denominada «ilustración oscura», cuyos principales exponentes proponen abandonar los ideales igualitarios de la modernidad liberal en favor de formas de organización política abiertamente posdemocráticas, tecnocráticas y elitistas.

Es allí donde la discusión deja de ser exclusivamente económica para convertirse en un debate profundamente filosófico acerca del futuro de la democracia, de la condición humana y del lugar que ocupará la tecnología en la organización de las sociedades del siglo XXI.

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1. Argüello, Jorge: “Las dos almas de Estados Unidos”, Ed. Capital Intelectual, 2024, Buenos Aires, p. 164 y 165.

2. Weber, Max: “La Ética Protestante y el Espíritu del Capitalismo”, disponible en https://web.seducoahuila.gob.mx/biblioweb/upload/weber-max-la-etica-protestante-y-el-espiritu-del-capitalismo.pdf

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