*Por Liliana Ottaviano |

Hay palabras que, de tanto usarlas, parecen haber perdido la necesidad de ser interrogadas. “Empatía” es una de ellas. Se la invoca en las relaciones personales, en la educación, en el trabajo, en la política, en las redes sociales. Ser empático parece haberse convertido en una virtud casi indiscutible.

Pero ¿qué queremos decir cuando decimos empatía? O ¿Cuándo se afirma que se es empático? O ¿cuándo se declara que hay que empatizar con alguien?

La definición más extendida suele ser sencilla: ponerse en el lugar del otro. Imaginar qué siente, qué piensa, qué le pasa. Intentar comprender su experiencia como si pudiéramos, por un momento, ocupar ese lugar. ¿Qué significa exactamente ponerse en el lugar del otro? ¿Es posible hacerlo? Y, si pudiéramos, ¿seguiría siendo el lugar del otro o se convertiría, de algún modo, en nuestro propio lugar imaginado?

La propia palabra parece llevarnos en esa dirección. Empatía proviene del griego empátheia, vinculada a páthos, aquello que se padece, se siente, se experimenta. Más tarde, el concepto moderno se relaciona con el alemán Einfühlung, literalmente, “sentirse dentro”. Como si para comprender al otro fuera necesario entrar en su experiencia, habitar por un momento su lugar. Y es aquí donde les propongo detenernos.

Porque una cosa es imaginar qué sentiría yo si estuviera en el lugar del otro, y otra, muy distinta, saber qué siente el otro. Puedo acercarme a su experiencia, intentar escucharla, dejarme afectar por ella. Pero siempre habrá algo que se sustrae. Y entonces aparece una pequeña operación que puede pasar inadvertida, para comprender al otro, lo traduzco a mí. Ese “ponerse en el lugar del otro” tiene entonces algo de promesa y algo de ilusión. Mi experiencia se convierte en la medida desde la cual intento acercarme a la suya.

Aparece acá una primera dificultad. Cuando digo “me pongo en su lugar”, puedo estar suponiendo que sé qué sentiría yo si estuviera atravesando aquello que el otro atraviesa. Pero eso no significa necesariamente saber qué le pasa al otro. Significa, más bien, imaginar desde mí lo que el otro siente.

El psicoanálisis lacaniano nos permite introducir aquí una tensión que resulta incómoda, la relación con el otro no está fundada en una transparencia que permita acceder directamente a su experiencia. Entre uno y otro hay una distancia que no puede ser completamente anulada. Ni siquiera el sujeto es enteramente transparente para sí mismo. Hay algo de lo que desea, de lo que dice y de lo que hace que no domina completamente.

Entonces, ¿cómo podríamos pretender saber sin resto qué siente otro? La pregunta no apunta a negar la posibilidad de comprender algo de quien tenemos delante. Se trata de otra cosa, de interrogar la ilusión de que comprender equivale a ocupar su lugar.

Porque puedo reconocer lo que el otro dice sin suponer que sé exactamente qué significa para él. Puedo escuchar su sufrimiento sin traducirlo inmediatamente a aquello que yo sentiría en una situación semejante. Puedo no compartir su elección y, aun así, reconocer su derecho a elegir. Hay una pequeña diferencia que puede cambiar bastante las cosas, comprender no es lo mismo que identificarse. Y acá aparece una paradoja, aquello que se presenta como una vía hacia una mayor cercanía puede terminar reduciendo al otro a aquello que creemos saber de él.

Pero hay algo más que merece ser interrogado. Si la empatía se sostiene en la posibilidad de ponerse en el lugar del otro, ¿no conserva cierta ilusión de que, en algún punto, podemos ser el otro? ¿No supone que para comprendernos tenemos que encontrar aquello que nos hace semejantes?

Desde una lectura lacaniana, la dificultad está precisamente en que el otro no es completamente reducible a aquello que puedo reconocer de mí mismo. Pero eso no elimina su alteridad. Hay algo en el otro que se sustrae. Y la empatía, cuando se convierte en certeza de comprensión, encuentre su límite.

Si no podemos ocupar completamente el lugar del otro, queda abierta una pregunta política ¿cómo construir un común?

Jorge Alemán, con su concepto de Soledad:Común, permite pensar esta cuestión desde otro lugar. No se trata de negar la soledad del sujeto, sino de admitir que existe una dimensión de la experiencia que no puede ser enteramente compartida y que, sin embargo, no impide la construcción de un común. No somos comunes porque seamos iguales.

Hay algo de nuestra experiencia que permanece singular. Cada sujeto mantiene una relación propia con su deseo, con su falta, con aquello que lo habita y que no puede ser completamente puesto en común. Y, sin embargo, esa imposibilidad no nos condena al aislamiento. El común debería construirse sin eliminar la diferencia.

Esto nos permite volver sobre la empatía desde otro lugar. Quizás no se trate de sentir lo mismo que el otro ni de ocupar imaginariamente su lugar. Más bien se trata de poder sostener una distancia, en la que no se necesita ser el otro para reconocerlo en sus derechos. La afirmación no por sencilla, deja de tener consecuencias políticas.

Porque si para reconocer al otro necesito encontrarme en él, aquello que queda por fuera de mi identificación puede volverse difícil de aceptar. El que piensa distinto, el que desea distinto, el que vive de otra manera, el que no responde a mis referencias puede quedar rápidamente situado del lado de lo incomprensible. Y de allí al rechazo hay, a veces, un camino muy corto.

En tiempos en que se multiplican los discursos sobre la comprensión, la validación y la conexión emocional, tal vez resulte necesario recuperar una pregunta más incómoda ¿podemos relacionarnos con alguien sin pretender saber completamente qué siente o qué necesita?

El psicoanálisis no ofrece una pedagogía de la empatía, más bien introduce una advertencia sobre nuestras pretensiones de comprender demasiado rápido. Allí donde creemos saber qué le pasa al otro, dejamos de escucharlo. Escuchar supone otra posición. No significa indiferencia ni distancia afectiva. Significa admitir que el otro tiene una palabra propia.

Por este motivo reconocer al otro es más difícil que ponerse en su lugar. Ponerse en el lugar del otro conserva la ilusión de que podemos saber qué se siente desde allí. Reconocer al otro supone aceptar que ese lugar no es nuestro. Y quizá sea justamente esa distancia la que haga posible un verdadero encuentro. No se trata de renunciar a la empatía, sino de preguntarnos qué queremos decir cuando la invocamos.

¿Y si la empatía no consistiera en ponerse en el lugar del otro, sino en poder reconocer que ese lugar nunca será completamente nuestro y a pesar de eso, poder hacerle un lugar allí donde no somos él?

Porque una sociedad no se vuelve más justa simplemente porque sus integrantes aprendan a sentirse unos en el lugar de los otros. Puede ser suficiente, y mucho más difícil, aceptar que el otro es otro, que no tiene que parecerse a mí para merecer consideración, que no tiene que pensar como yo para tener derechos, que no tengo que comprender completamente su experiencia para reconocerla. Construir un común no consiste en encontrar aquello que nos hace idénticos, sino en encontrar una manera de estar juntos sin exigir que la diferencia desaparezca.

*Publicado en Diario Siglo XXI: https://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/6019603/reconocer-otro-alla-empatia
*Pintura: «Ilusorio». Luis Felipe Noe. 1997.

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