* Por Eduardo Luis Aguirre |

Los “escritores fantasmas”, los hombres de atrás que escriben los discursos de los políticos y funcionarios, son un territorio baldío en materia de análisis y dimensión de una práctica histórica y, a menudo, trascendente. Los nuevos amanuenses de la modernidad han sido criticados por cuestiones éticas, por la sustitución de la voz de quien solamente da lectura a lo escrito por otro o por constituir una forma de plagio. En realidad, en muchos casos, el riesgo más grave es que quien deba leer esos discursos carezca del manejo de las conceptualidades inherentes a la materia que debe abordar, sobre todo cuando las mismas son singularmente complejas.

Quien escribió el discurso del Presidente Milei en la reciente Asamblea General de la ONU tomó las precauciones formales de rigor para que la sustitución no resultara evidente para cualquiera. Por eso, no faltó la mención redundante y habitual a la “fatal arrogancia” que repite el libertario y la propensión a imitar las posiciones distópicas de Donald Trump a lo largo de la presentación. Algunos observadores rescataron la hipótesis de que, esta vez, el representante argentino había logrado hilvanar un posicionamiento coherente. Como si, a partir del mismo, el gobierno pudiera exhibir una articulación medianamente seria con la realidad circundante. Es interesante observar los aspectos que pudieron haber despertado esas aseveraciones laudatorias, pero mucho más destacar las aporías de la exposición.

La primera mención del discurso fue la reiteración de que, para nuestro país, la cuestión de Malvinas es una causa nacional y el anuncio de que Argentina, pacíficamente (alguien sutil lo separó del elogio descarado de los “botines de guerra” enunciados por su par estadounidense), “no se va a quedar de brazos cruzados”. Quien enunciaba esta advertencia, paradójicamente, era la misma persona que se había referido en favor de los “derechos” de los isleños y se reivindicó en su momento como admirador de Margaret Thatcher. El Reino Unido respondió de inmediato: no habrá negociaciones por la soberanía. Dos renglones que se añaden a la también prieta amenaza de que los ocupantes ilegales del territorio insular “serán implacables” si Argentina insiste con el anuncio de sancionar a las empresas que extraen petróleo en ese territorio austral usurpado. Cuatro renglones que no dejan lugar a dudas. Mucho menos si la proclama proviene de un gobierno que, a través de una de sus principales referentes, ensayó hace apenas un lustro la propuesta de entregar la soberanía sobre las Islas Malvinas a una corporación farmacéutica transnacional como caución contra la entrega de vacunas para enfrentar la pandemia.

Las réplicas británicas, además, pusieron al descubierto la insustancialidad de la tesis peregrina de que los Estados Unidos, aliado histórico del Reino Unido, pudiera apoyar activamente la recuperación de las islas. No hay más que recordar la compra reciente de un puñado de aviones estadounidenses antiguos a Dinamarca, incapaces de afrontar cualquier hipótesis militar de conflicto por parte de nuestro país, como única forma de modernizar su fuerza aérea. Esa operación la impuso Estados Unidos con el pretexto de evitar que Argentina comprara aviones chinos. Ya nos hemos ocupado, en más de una ocasión, de analizar el nuevo diseño insular que llega desde Groenlandia a las Islas del Atlántico Sur. Pero lo cierto es que la Cancillería argentina sabía perfectamente que el material adquirido no servía como elemento de prevención o disuasión frente a nuestra única hipótesis de conflicto. No contento con eso, el gobierno argentino debería soportar en los días sucesivos más negativas de Londres sobre la cuestión Malvinas y el agravante del posicionamiento chileno proclive a establecer vínculos estables de negociación entre Punta Arenas y Puerto Argentino. Ni siquiera los más australes subalternos del presidente Kast respetan los derechos argentinos. Por si esto fuera poco, en los últimos días, el embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas (ONU), Mike Waltz, pidió que Argentina y el Reino Unido bajaran los decibeles de las últimas discusiones sobre Malvinas, no sin resaltar que Argentina “era un país amigo”, pero la relación estadounidense con Londres adquiría una connotación “especial”. La diferencia no puede ser más explícita. La intervención presidencial no pudo, en consecuencia, ser más inoportuna y no hizo más que volver a evidenciar las dificultades que tiene el gobierno argentino para comprender la complejidad actual del mundo.

Esa derrota discursiva previsible, además, se completó con el resto de las aseveraciones del presidente argentino ante la misma asamblea de la ONU, institución a la que vapuleó por “lo que debía hacer y no hizo”, por lo que “no debía hacer e hizo” y, finalmente, con una interpretación insólita de la idea de libertad, porque la ONU instaba al contralor de las potencias del mundo respecto de una IA al borde del descontrol. Un conjunto de especulaciones insostenibles.

Las críticas a la ONU son atendibles, pero por motivos absolutamente opuestos a los que señalara Milei en su discurso. Y meterse ahora con esta débil y deslegitimada organización es un riesgo, aunque en su devenir histórico no hiciera más que legitimar y reproducir las inequidades e injusticias que las grandes potencias perpetraron durante décadas en el planeta. Pero justamente esa objetiva debilidad política y jurídica de una institución creada para defender los derechos humanos se da en un momento histórico donde los intelectuales del tecnofeudalismo pugnan por un “nuevo zarismo”, una monarquía o una dictadura global gobernada por corporaciones, sosteniendo la pretendida incompatibilidad entre la democracia y la libertad. Pésimo momento para agraviar a Naciones Unidas. Y mucho peor aún si la crítica sirve para fortalecer el imaginario de un conjunto de ultra millonarios empeñados en profundizar el riesgo tecnológico hasta el abismo de la catástrofe colectiva.

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