*Por Diego Tatián |
Tras la guerra, el proceso de desnazificación había apartado al filósofo Martin Heidegger de la enseñanza universitaria en Friburgo, por lo que se mantuvo recluido en su cabaña de Todtnauberg. Sin embargo el trabajo filosófico no se interrumpió y en 1946 escribió un texto en forma de carta a Jean Beaufret, publicada luego con el nombre de “Carta sobre el humanismo” -aunque breve, se trata de un escrito fundamental en el desarrollo del pensamiento de Heidegger y de la filosofía del siglo XX.
En el verano de ese año -de aguda crisis emocional, que según algunos no estuvo exenta de ideas de suicidio- tuvo lugar el encuentro con Paul Shih-Yi Hsiao, un estudiante chino que algunos años antes había participado de algunos seminarios de Heidegger y le había regalado una edición italiana del Tao Te Ching. Con él comenzó un trabajo conjunto de traducción del Tao. Durante varios meses se reunieron semanalmente en la cabaña para avanzar con la traducción, acompañada por una larga conversación sobre cada palabra china, que Hsiao comenzaba por verter al alemán con algún término aproximado, sin dejar de relevar todas sus resonancias conceptuales y poéticas para que Heidegger (que desconocía el chino) desarrollara esas implicancias en su característica lengua filosófica.
Luego de escuchar todo lo que la palabra Tao (道) atesora, propuso traducirla como “camino”, pero no como un camino que lleva de un lugar a otro sino como “Camino que abre caminos”. Muchos años después, en su relato de esa experiencia de traducción conjunta del Tao Te Ching, Hsiao contó que el proyecto se tornó imposible debido a la exasperante lentitud y la impracticable exigencia que Heidegger le imponía al trabajo sobre el texto. Según Hsiao, la desavenencia principal consistió en que la búsqueda de Heidegger -que procuraba ni más ni menos encontrar en el pensamiento oriental la posibilidad de desbloquear el camino sin salida de la metafísica occidental- destruyera la simplicidad y distorsionara la ligereza de la escritura que reviste la vieja sabiduría taoísta. Tras meses de reuniones de trabajo, de los ochenta y un breves capítulos o poemas que componen el Tao apenas alcanzaron a ser traducidos tres -de los que no quedan registro.
Sin embargo, la filosofía tardía de Heidegger aloja una huella marcada del taoísmo, que se vuelve clara en su filosofía de la nada y otros conceptos importantes (como el de “Cuaternidad” de Cielo, Tierra, Divinos y Mortales). La palabra “camino”, en tanto, se vuelve fundamental -si no la más importante- en su pensamiento luego de la Guerra. Algunas obras llevan títulos como “El camino del campo” (1949), “Caminos del bosque” (1950), “El camino hacia el lenguaje” (1959) “Marcas en el camino” (1967), y el lema que antecede a cada volumen de su Gesamtausgabe es “Caminos, no obras” (Wege, nicht Werke). El concepto central de Gelassenheit (diversamente traducido al castellano como “serenidad”, “abandono”, “dejación” o “desapego”) es quizá una traducción oculta del Wu Wei (no hacer) taoísta.
Acompañados del precioso libro de Alan Watts (“El camino del Tao”), la selección de “Textos de estética taoísta” de Luis Racionero, además de traducciones varias del Tao Te Ching (la poética y sin pretensiones académicas que hizo Ursula K. Le Guin a lo largo de cuarenta años es muy hermosa), Rosaura y yo estamos leyendo y estudiando ese libro tan complejo y tan simple. Sin apuro, para nada. O solo para conversar sobre él.
El “Discurso sobre la pintura” que el monje taoísta Shitao escribió en los primeros años del siglo XVIII permite entrar en el Tao (o “estudiarlo”) de otro modo. No con palabras ni con libros sino con las manos, gracias a su idea del “trazo único del pincel” -que no obstante ser un simple movimiento de la mano es a la vez un concepto filosófico-, es decir una pincelada espontánea e irrepetible que no puede ser enmendada.
Con esta imagen me pregunté si esa comprensión por el trazo único admite la abstracción y no solo el paisaje. Yo creo que sí.
Es muy conmovedor que esa religión sin dios haya atravesado tantos siglos para llegar a nosotros como testimonio de que algo tenemos en común con una humanidad tan antigua, tan distante, y que piensa el mundo en una lengua tan diferente. O más que algo, lo que tenemos en común quizá sea, justamente, “nada” -pero una nada muy importante que proteger y que cuidar.



Deja un comentario