*Por Eduardo Luis Aguirre |
Existe una generalizada admisión respecto de que la revolución tecnológica, las plataformas y la digitalización utilizan una retórica críptica que nos impide distinguir el progreso común de los seres humanos de una pretendida “eficiencia” gobernada por plutócratas cuyo objetivo es sustituir las democracias deliberativas por nuevas formas autocráticas de dominio mundial. Estas gramáticas no son banales ni inocentes, como dice Marta Peinado, porque lo que se utilizan son un conjunto de códigos ideológicamente sesgados, un nuevo conjunto de símbolos y signos destinados a vigilar y controlar las aceleradas derivas del caótico sistema que pretendemos comprender. Esta indagación, así planteada, puede convertirse en una muy interesante forma de aproximarse a las preguntas que deparan las nuevas tecnologías en torno a la comprensión de los soportes teóricos novedosos que confieren razón al “aceleracionismo” en acción. Para ello no queda otra posibilidad que intentar desentrañar la ideología de un nuevo lenguaje tendiente a empañar la razón y el juicio crítico desde una pretendida y vertiginosa eficiencia que no es más que una nueva forma de colonización de nuestra capacidad de pensar críticamente.
Justamente esa inescrutabilidad en la posibilidad de constatar los ideales operantes que se alojan detrás del “aceleracionismo” en acción constituye un punto de partida crucial para intentar entender los nuevos elementos teóricos del denominado tecnofeudalismo. Una tarea acuciante.
Ese bagaje político, dominado por filósofos, psicólogos, juristas y sociólogos que rebasan las miradas de las disciplinas duras, de lo ingenieril, lo financiero o lo económico, se complementan de manera decisiva en la construcción totalizante de la técnica en su versión actual y a la vez nos sugieren interrogantes estratégicos.
Habitualmente, atribuimos a los megamillonarios de la IA una propensión a desmontar caóticamente lo estatal. Esa es la manera en la que lo conciben los autócratas del anarco libertarismo. En realidad, el debilitamiento de los estados es una tarea profundamente selectiva. La idea de un mundo gobernado por corporaciones y el corrimiento de los estados confiere un rol antitético al imperio y al resto de los países de la periferia.
Nuestros líderes actuales, los que reniegan de lo público, de lo común y de lo estatal parecen mostrar algunas fisuras si lo comparamos con lo que piensan realmente los intelectuales y CEO´S de los polos tecnológicos estadounidenses, particularmente de Silicon Valley.
Alex Karp y Nicholas Zamiska, en “La República Tecnológica” (2), abogan por la necesidad de que las poderosísimas empresas privadas trabajen conjuntamente con el estado y las fuerzas armadas estadounidenses. Vale decir que el estado, para estos autores, es un actor histórico, decisivo, imprescindible, de cuya fortaleza y convicción depende el futuro, el proyecto y el interés nacional, porque ha llegado “la hora de la verdad para occidente”. Nada de achicamiento y minimalismo oficial, al contrario. Karp y Zamiska historizan los grandes logros estadounidenses y planifican la consolidación de un nacionalismo imperial. Esa reivindicación enfática de una tradición común, el desprecio creciente por lo deliberativo y el sueño fascistizante de una nueva forma de control global no sólo no prescinden del estado, sino que lo que añoran es el resurgimiento definitivo del nacionalismo reaccionario de una potencia central, capaz de poner fin.
Por eso, para ellos, el nuevo poder “duro” americano es el salvoconducto para la cristalización “eficiente” de un orden impartido desde el centro del poder mundial que recurre a la necesidad imperiosa de ingenieros en detrimento de los saberes humanistas. Pero si a esa eficiencia imperial quisiéramos emularla desde los países oprimidos, el achicamiento brutal de los estados equivale a un suicidio colectivo, justamente en lo que hace a sus posibilidades de progreso colectivo.
Los que enhebran la teoría de la “democracia tecnológica” a través de una “superinteligencia” dogmática no exenta de fundamentalismo ya no piensan en las plataformas o en lo digital. Convocan al estado y a las grandes corporaciones a acelerar el “progreso” tecnológico sobre la base de una cita de Thomas Schelling que encabeza el libro: “El poder de hacer daño es poder de negociación. Explotarlo es diplomacia; diplomacia cruel, pero diplomacia”. Para ellos, es el momento de revisar cuestiones de identidad y finalidad nacionales y cualquier retraso en la carrera tecnológica pone en vilo lo que su país es capaz de hacer en una hora de crecientes cambios y riesgos. Y añaden: “La propia Palantir es un intento -imperfecto, en evolución e incompleto- de construir una empresa colectiva cuyo resultado creativo combina teoría y acción. La implementación del software por parte de la empresa y su trabajo en el mundo constituyen la acción. Este libro prepara de inicios de una articulación de la teoría” contra el conformismo irracional y el declive que observan en occidente. Desde este Sur iberoamericano, desde las latitudes donde el peligro se asienta, solamente una expresión de Patria de brazos abiertos, un nacionalismo de amor y profunda comunidad puede permitirnos sortear las peores pesadillas de la desigualdad que se acercan permitirnos retemplar, desde lo público y la privado, con sus propias acepciones y cumplimentar las tareas emancipatorias inconclusas. Es necesario articular un nuevo y macizo pensamiento teórico. Como decía Martí, estamos obligados a dar la lucha a pleno pensamiento.
- youtube.com/watch?si=r-aZjTaeLxSm-CJ5&v=Q-3YbxSnwKc&feature=youtu.be
- Ed. Tenos, 2025, Barcelona.



Deja un comentario