*Por Liliana Ottaviano |
Tal vez una de las preguntas de nuestro tiempo sea qué hacemos con aquello que, aun rodeado de tecnología, sigue necesitando ser atravesado por nosotros.
Hay algo particularmente contemporáneo en la idea de que, frente a cada dificultad, debe existir una solución. No necesariamente una solución política, colectiva o subjetiva. Una solución técnica.
La promesa tecnológica se ha incorporado a la vida cotidiana de un modo casi imperceptible. Allí donde antes había un tiempo de búsqueda, de aprendizaje, de ensayo o de espera, aparece cada vez con mayor frecuencia la posibilidad de obtener una respuesta, una imagen, una formulación o un procedimiento de manera inmediata. Y cuando algo todavía no puede hacerse, la propia lógica del progreso parece reservarle un lugar en el futuro. Lo que hoy constituye un límite puede convertirse mañana en una nueva posibilidad técnica.
La inteligencia artificial generativa lleva esta promesa a un nuevo umbral. Ya no se trata solamente de tecnologías que amplían nuestra capacidad de calcular, almacenar o procesar información. Hoy producen textos, imágenes, voces, traducciones, síntesis y respuestas. Pueden participar en actividades que hasta hace poco requerían aprendizaje, experiencia, tiempo y elaboración.
Hay algo más que una ampliación de nuestras capacidades en este desplazamiento. Se transforma también el horizonte de lo esperable. La disponibilidad permanente va instalando la idea de que aquello que necesitamos debería estar al alcance de la mano y que una demora puede ser reducida mediante algún procedimiento técnico.
La espera empieza así a adquirir otro valor. En una cultura acostumbrada a la respuesta inmediata, esperar puede sentirse como una interrupción. La incertidumbre tiende a convertirse en un problema de información y aquello que todavía no sabemos hacer puede quedar bajo la expectativa de encontrar una herramienta que lo resuelva.
La tecnología ha producido transformaciones que sería absurdo desconocer. Ha permitido resolver problemas, ampliar conocimientos, acercar personas, facilitar tareas y abrir posibilidades que antes no existían. La cuestión aparece en otro lugar, en el momento en que la posibilidad técnica deja de ser una posibilidad entre otras y comienza a funcionar como horizonte de lo que esperamos de la vida.
Es allí donde ciertos tiempos comienzan a perder legitimidad. El tiempo necesario para aprender, para elaborar una decisión, para investigar, para crear o incluso para encontrar una manera propia de hacer algo puede parecer excesivo cuando existe la posibilidad de obtener rápidamente un resultado.
Sin embargo, hay experiencias cuyo sentido no está solamente en aquello que finalmente se obtiene. También importa el recorrido. Aprender algo supone atravesar un tiempo de no saber. Crear implica muchas veces encontrarse con lo que todavía no tiene forma. Una decisión puede necesitar de la incertidumbre antes de encontrar una orientación. Incluso aquello que finalmente conseguimos decir puede requerir un tiempo en el que todavía no sabemos cómo decirlo. Esto se vuelve especialmente visible en el lenguaje.
Una inteligencia artificial generativa puede producir una frase correcta, encontrar una formulación adecuada, imitar un estilo, resumir un texto o construir un discurso. Pero producir palabras no es lo mismo que estar implicado subjetivamente en el decir.
Para el psicoanálisis, el lenguaje nunca fue solamente un instrumento destinado a transmitir información. Las palabras nos afectan, dejan marcas, producen equívocos y pueden decir más de lo que pretendíamos decir. Hay algo en el lenguaje que excede su función comunicativa.
Lacan llamó lalangue a esa dimensión en la que las palabras están atravesadas por sonidos, equívocos, resonancias y marcas singulares. No se trata únicamente de lo que una palabra significa. También están en juego sus efectos sobre quien habla, aquello que hace resonar y las marcas que puede dejar.
Desde esta perspectiva, producir lenguaje no equivale a producir un decir. Una tecnología puede ofrecer una formulación precisa para algo que todavía no conseguimos expresar. Puede incluso encontrar palabras que nos resulten mejores que las nuestras. Pero encontrar las propias palabras supone a veces atravesar precisamente ese momento en que todavía no sabemos qué queremos decir.
La promesa tecnológica tiende a acortar ese intervalo. Allí donde había una búsqueda puede ofrecer una respuesta; allí donde había una elaboración, un resultado; allí donde algo permanecía abierto, una formulación disponible. Su eficacia reside también en hacer que muchas experiencias puedan resolverse sin atravesar todo el tiempo que antes requerían.
Esta lógica no comienza con la inteligencia artificial. Forma parte de una organización social en la que la satisfacción debe mantenerse en movimiento. Algo falta y aparece una oferta. Algo se vuelve insuficiente y llega una nueva versión. Algo puede hacerse de otra manera y se presenta como una oportunidad para reemplazar lo anterior.
El capitalismo encuentra en la tecnología un terreno especialmente fértil para esta dinámica. La promesa de una solución permanente mantiene abierta la posibilidad de una nueva necesidad. La innovación se convierte así en una expectativa continua, siempre puede aparecer algo capaz de hacer mejor, más rápido o más fácilmente aquello que acabamos de aprender a hacer. La inteligencia artificial generativa se incorpora con particular eficacia a este circuito y esta disponibilidad tiene también una dimensión política. Las tecnologías no existen por fuera de las relaciones económicas y sociales. Requieren infraestructuras, datos, energía, recursos, trabajo y decisiones. Detrás de cada sistema hay empresas, instituciones, regulaciones e intereses que intervienen sobre sus condiciones de producción y de uso. La incorporación de estas tecnologías a la vida cotidiana no es, entonces, un proceso puramente individual.
Flavia Costa, a partir de la noción de Tecnoceno, permite situar estas transformaciones en una escala más amplia. Desde su perspectiva, la inteligencia artificial no puede pensarse simplemente como una herramienta, junto con los ecosistemas digitales de los que forma parte, configura un mundoambiente completo que nos envuelve y modula la vida cotidiana. La tecnología deja así de aparecer como algo exterior que incorporamos a nuestras prácticas y pasa a formar parte del medio en el que vivimos.
Esto vuelve necesario mirar algo que suele quedar oculto detrás de la fascinación por las nuevas posibilidades: las condiciones que hacen posible esa disponibilidad. Cada respuesta instantánea supone infraestructuras, trabajo, recursos y decisiones. Cada sistema que parece estar al alcance de cualquiera se encuentra inserto en relaciones económicas y políticas concretas.
La promesa tecnológica puede ser seductora justamente porque ofrece una forma de relación con el tiempo en la que la espera parece cada vez menos necesaria. La respuesta llega antes de que la pregunta termine de desplegarse. El resultado aparece antes de que el recorrido haya concluido.
Tal vez allí se encuentre uno de los rasgos más significativos de la época, no solamente contamos con más herramientas, sino que comenzamos a vivir bajo la expectativa de que siempre habrá una herramienta a nuestro alcance. La promesa tecnológica ofrece un mundo cada vez más disponible. Pero la vida no está hecha solamente de aquello que podemos disponer.
Hay algo del tiempo, de la espera, de la incertidumbre y también del lenguaje que no se deja reducir enteramente a una solución. Y tal vez una de las preguntas de nuestro tiempo sea qué hacemos con aquello que, aun rodeado de tecnología, sigue necesitando ser atravesado por nosotros.
Pintura: ¿Qué es el tiempo? Luis Felipe Noé. Año 2025
* Artículo publicado en Siglo XXI https://www.diariosigloxxi.com/texto-diario/mostrar/6043034/vida-bajo-promesa-tecnologica



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