*Por Alberto Gurruchaga |
La revolución tecnológica avanza a una velocidad que las instituciones no pueden acompañar. A diferencia de otras transformaciones históricas, esta vez no está claro qué nuevo orden social surgirá de la destrucción del anterior.

Leo en las noticias que dos cordobeses de 23 años crearon, utilizando inteligencia artificial, una aplicación de noticias que ya se ubica entre las más populares del país. Más allá del éxito de los jóvenes emprendedores, la noticia permite advertir algo mucho más significativo: una actividad que durante décadas requirió personas, conocimientos específicos, empresas y estructuras organizativas puede perder buena parte de su valor económico casi de un día para otro.

El clipping de prensa, esa tarea de recopilar, clasificar y sistematizar información publicada en los medios, es apenas un ejemplo. La historia está llena de oficios que desaparecieron o quedaron relegados a curiosidades artesanales: el deshollinador, el escardador de colchones, el operador de VTR, los trabajadores del revelado fotográfico y tantas otras actividades que alguna vez sostuvieron economías familiares y organizaciones empresariales enteras.

La diferencia es que aquellos procesos generalmente transcurrieron durante décadas. La inteligencia artificial está comprimiendo esos ciclos en períodos extraordinariamente breves.

Quizás una de las parábolas más rápidas de ascenso, popularización y pérdida de valor de un oficio sea la del programador de código. Una actividad que hasta hace muy poco simbolizaba el futuro del trabajo, con una demanda creciente y remuneraciones elevadas, enfrenta ahora la automatización de una parte sustancial de sus tareas. Sus trabajadores tienen, probablemente, una ventaja relativa: la formación lógica, la capacidad de abstracción y la familiaridad con la tecnología pueden facilitar su reconversión. Pero eso no modifica la tendencia de fondo.

Esta semana conversaba con la responsable del área informática de un hospital de referencia nacional. Su descripción resultaba tan contundente como ilustrativa: prácticamente había dejado de utilizar el teclado. Mediante instrucciones verbales desde su teléfono podía modificar bases de datos, actualizar sitios web y configurar sistemas automatizados de atención al público.

No se trata solamente de hacer más rápido el mismo trabajo. Se trata de que una persona puede realizar tareas que antes requerían equipos completos, distintas especialidades y largas jornadas de programación.

Y aquí comienza el verdadero problema.

Del ludismo a la inteligencia artificial

A comienzos del siglo XIX, los artesanos textiles ingleses protagonizaron uno de los movimientos de resistencia tecnológica más conocidos de la historia: el ludismo. Frente a la introducción de nuevas máquinas que amenazaban sus oficios y condiciones de vida, grupos de trabajadores destruían telares y otros equipos industriales.

Durante mucho tiempo se presentó a los luditas como enemigos irracionales del progreso. Sin embargo, el historiador Eric Hobsbawm propuso una interpretación bastante más interesante: la destrucción de máquinas podía funcionar como una forma de «negociación colectiva por disturbio».

Los trabajadores no se oponían necesariamente a la tecnología en sí misma. Se resistían a las nuevas relaciones económicas que su introducción imponía, a la pérdida de poder de negociación y a la destrucción de sus medios de subsistencia.

El ludismo fue derrotado, pero la Revolución Industrial no se limitó a destruir los viejos oficios. También produjo un nuevo orden económico, político y social.

La consolidación del capitalismo industrial y del orden burgués reorganizó la producción alrededor del trabajo asalariado. La explotación de la fuerza de trabajo se convirtió en el principio ordenador de las relaciones sociales. Sobre esa base se desarrollaron nuevas clases sociales, organizaciones sindicales, sistemas educativos, instituciones de representación y, posteriormente, distintas modalidades de Estado social.

La sociedad industrial necesitaba trabajadores. Necesitaba formarlos, disciplinarlos, organizarlos y, eventualmente, garantizar las condiciones necesarias para su reproducción social.

La contradicción entre capital y trabajo no desapareció, pero encontró formas institucionales relativamente estables de organización y conflicto.

Hoy estamos frente a una transformación de otra naturaleza.

Cuando el trabajo pierde su centralidad

La revolución tecnológica actual no solamente reemplaza determinados oficios. Comienza a cuestionar el fundamento económico de la organización social que surgió de la industrialización.

En términos de la teoría del valor trabajo, lo que está siendo desplazado es el trabajo vivo como componente central del proceso productivo.

Durante más de dos siglos, la incorporación de tecnología incrementó la productividad, desplazó trabajadores de determinadas actividades y creó otras nuevas. La expansión industrial y posteriormente la economía de servicios permitieron absorber, con enormes conflictos y desigualdades, buena parte de esas transformaciones.

Pero la inteligencia artificial introduce una posibilidad diferente: que la automatización alcance simultáneamente actividades manuales, administrativas, intelectuales y creativas.

Ya no se trata solamente de reemplazar fuerza física por maquinaria. También se automatizan capacidades cognitivas que hasta hace muy poco se consideraban exclusivamente humanas.

Esto no significa que todo el trabajo vaya a desaparecer. Significa algo posiblemente más importante: que una proporción creciente de la producción y de los servicios podría requerir cada vez menos trabajo humano directo.

Y si el trabajo deja de ser el principal mecanismo de integración económica y social, ¿sobre qué fundamento se organizará la sociedad?

Esta es la pregunta que todavía no tiene respuesta.

Una carrera tecnológica sin dirección política

La dinámica actual parece avanzar sin una gobernanza capaz de conducir el proceso. Las empresas compiten por incorporar tecnología, reducir costos y aumentar productividad. Los Estados compiten por atraer inversiones, controlar recursos estratégicos y no quedar rezagados en la carrera tecnológica.

Pero esa competencia no produce necesariamente un orden social capaz de integrar a quienes resultan desplazados.

La fotografía del presente es profundamente contradictoria: grandes concentraciones de riqueza que recuerdan a las oligarquías surgidas de las privatizaciones postsoviéticas; sectores sociales que sobreviven mediante actividades de subsistencia; empleados públicos que procuran conservar la estabilidad hasta la jubilación; y burocracias estatales que administran instituciones diseñadas para un mundo que está dejando de existir.

No aparece una arquitectura política capaz de ordenar esas contradicciones.

La competencia tecnológica impone su propia lógica de aceleración. Nadie puede detenerse unilateralmente porque hacerlo implicaría perder posiciones frente a sus competidores.

En ese contexto, los límites más inmediatos podrían no provenir de decisiones políticas, sino de las propias restricciones materiales y financieras del sistema: una crisis de valorización de las empresas tecnológicas, un colapso financiero o una insuficiencia de infraestructura energética capaz de sostener la creciente demanda computacional.

Pero esos frenos, si ocurren, serían probablemente transitorios. No resolverían la contradicción fundamental.

China, Occidente y la nueva división del trabajo

La comparación entre China y las economías occidentales permite observar dos respuestas diferentes a esta transformación.

El modelo chino combina una elevada capacidad de planificación, inversión tecnológica, expansión industrial y control estatal sobre las condiciones generales de acumulación. Su eficacia productiva descansa, en parte, en la posibilidad de coordinar a gran escala infraestructura, capital, tecnología y fuerza de trabajo, bajo un sistema de fuerte control político y social.

Occidente presenta una dinámica distinta. La innovación tecnológica avanza fundamentalmente impulsada por grandes corporaciones, mientras los Estados encuentran dificultades crecientes para regular sus consecuencias sociales.

El aumento de productividad convive con procesos de precarización, fragmentación e informalización del trabajo. Una parte de la población deja de integrarse mediante relaciones laborales estables y pasa a desempeñarse como prestadora individual de servicios, sin pertenencia colectiva, sin protección suficiente y con escasa capacidad de negociación.

Al mismo tiempo, la extraordinaria productividad industrial china presiona sobre las estructuras manufactureras de las economías periféricas, que enfrentan crecientes dificultades para sostener sus industrias y competir en los mercados internacionales.

El resultado es una doble transformación: la automatización reduce la necesidad relativa de trabajo en las actividades más tecnificadas, mientras la competencia global debilita las posibilidades de desarrollo industrial de los países periféricos.

Lo que emerge no parece ser una nueva sociedad de productores organizados, sino una estructura social cada vez más fragmentada, con enormes capacidades productivas concentradas en pocas organizaciones y una población crecientemente desvinculada de los procesos centrales de generación de riqueza.

El nuevo orden que todavía no aparece

La derrota del ludismo fue parte de un proceso histórico que, con enormes costos humanos, terminó dando lugar a un nuevo orden social. La burguesía industrial necesitó construir instituciones compatibles con las relaciones de producción que estaba consolidando.

La transformación actual presenta una diferencia decisiva: todavía no resulta evidente qué relaciones sociales pueden sustituir a aquellas organizadas alrededor del trabajo asalariado.

La tecnología está modificando las condiciones materiales de producción mucho más rápido de lo que evolucionan las instituciones políticas, económicas y jurídicas.

Los viejos mecanismos de distribución del ingreso, representación social, protección laboral y legitimidad política fueron construidos sobre una premisa: que la mayoría de las personas participaría de la economía fundamentalmente a través de su trabajo.

¿Qué ocurre cuando esa premisa comienza a perder vigencia?

La respuesta no puede reducirse a recomendar capacitación permanente, reconversión laboral o adaptación individual. Esas herramientas podrán resolver trayectorias particulares, pero difícilmente alcancen para responder a una transformación estructural de semejante magnitud.

Tampoco alcanza con celebrar cada nuevo avance tecnológico como una victoria inevitable del progreso. El incremento de productividad no garantiza, por sí mismo, integración social, distribución de riqueza ni estabilidad política.

La cuestión central ya no es si la inteligencia artificial podrá hacer nuestro trabajo. En muchas actividades ya está demostrando que puede realizar una parte importante de él.

La verdadera cuestión es qué organización económica, qué relaciones sociales y qué tipo de Estado pueden surgir de una sociedad en la que la producción de riqueza necesite progresivamente menos trabajo humano.

La Revolución Industrial destruyó un mundo, pero terminó construyendo otro.

La inteligencia artificial está acelerando la destrucción de las bases del orden anterior, mientras el nuevo todavía no aparece.

Y quizá esa sea la característica más inquietante de nuestro tiempo: no la velocidad con la que cambia la tecnología, sino la incapacidad de la política para imaginar y construir la sociedad que habrá de sucederla.

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