*Por Liliana Ottaviano |

En un artículo anterior publicado en este mismo sitio bajo el título “¿Quién produce hoy nuestros ideales?”, los invitaba a reflexionar sobre quién produce hoy los ideales capaces de organizar nuestras identificaciones colectivas. La pregunta partía de una constatación que se asienta en una paradoja epocal: el debilitamiento de la creencia en las instituciones tradicionales no implica la desaparición de los ideales. Cambian de manos. Plataformas, algoritmos, mercados y nuevos liderazgos participan cada vez más activamente en la producción de las referencias con las que nos orientamos y construimos nuestras formas de pertenencia.

Si entonces nos preguntábamos quién produce hoy los ideales con los que una sociedad aprende a reconocerse, ahora podemos profundizar el rulo interrogativo y preguntarnos ¿qué ocurre cuando las tecnologías comienzan a intervenir en las operaciones mediante las cuales pensamos, interpretamos y construimos sentido?

El investigador Fernando Schapachnik sostiene que la inteligencia artificial no constituye simplemente una innovación tecnológica más, sino un cambio civilizatorio dramático, acelerado e inevitable. La velocidad con la que estas herramientas irrumpieron en la vida cotidiana parece darle la razón. En pocos años, sistemas capaces de producir textos, imágenes, diagnósticos, recomendaciones y conversaciones complejas pasaron de los laboratorios a integrarse en la vida diaria de millones de personas, sin que las sociedades democráticas hayan tenido demasiado tiempo para debatir sus consecuencias culturales, políticas o subjetivas.

La dimensión de este cambio puede advertirse en aquello sobre lo que la tecnología comienza a operar. Durante siglos, las innovaciones técnicas ampliaron la fuerza física, la capacidad de desplazamiento, la memoria o la velocidad de cálculo. La inteligencia artificial interviene ahora sobre territorios vinculados con el lenguaje, la interpretación, la imaginación, la representación de imágenes, la producción de conocimiento y la toma de decisiones.

El filósofo Éric Sadin, en su libro El desierto de nosotros mismos, propone pensar las consecuencias de este desplazamiento a partir de una experiencia que denomina desarraigo: “La falta de arraigo fue el motor de la modernidad utilitaria. Y fue un ethos que el proceso de digitalización iniciado en la década del setenta no hizo sino reforzar…”

Y agrega: “Generando la impresión colectiva de no tener puntos de referencia fiables y de moverse sobre un terreno continuamente cambiante”.

Sadin se pregunta qué puede provocar ese proceso en las psiquis, en las relaciones interpersonales, en el cuerpo social y en aquello que puede quedar como base común, en una época atravesada además por una creciente desconfianza hacia las instituciones, los responsables políticos y otras instancias de autoridad.

La palabra desarraigo resulta especialmente sugerente para pensar una época en la que también se han debilitado las referencias simbólicas que durante mucho tiempo ofrecieron coordenadas para orientarse en el mundo. Desde el psicoanálisis lacaniano, la declinación de los Nombres-del-Padre permite situar una transformación en las formas de autoridad y en los modos de inscripción del sujeto en el orden simbólico. No se trata de la desaparición de esas referencias, sino de la pérdida de la consistencia que alguna vez tuvieron como lugares de orientación.

El desarraigo del que habla Sadin y la declinación de los Nombres-del-Padre no nombran el mismo fenómeno. Permiten, sin embargo, leer desde perspectivas diferentes una época en la que las referencias que organizaban la experiencia humana han dejado de ofrecer la misma estabilidad.

Sobre ese terreno la inteligencia artificial adquiere una presencia inédita. No necesita ocupar el lugar de una autoridad para producir efectos de autoridad. Le alcanza con convertirse en una instancia a la que consultamos para orientarnos.

Una persona puede preguntarle qué significa un texto, cómo organizar una investigación, qué argumentos utilizar, cómo escribir una carta, qué decisión tomar o incluso cómo expresar aquello que todavía no consigue formular. La tecnología deja de limitarse a ejecutar una tarea previamente definida y comienza a participar en la producción misma de una respuesta.

Durante mucho tiempo, acceder al conocimiento suponía atravesar alguna forma de mediación: un libro, un maestro, una institución, un especialista, una conversación. La inteligencia artificial introduce una modalidad diferente: una respuesta producida para quien pregunta, en función de su demanda particular y disponible casi inmediatamente.

Sadin advierte sobre el alcance de esta transformación al señalar el progresivo desplazamiento de facultades que hasta ahora pertenecían al ejercicio humano. Habla de un “movimiento de externalización de nuestras más fundamentales aptitudes, entre ellas, antes que nada, la de expresarnos en nuestro propio nombre”, y lo nombra como “la desposesión de nosotros mismos”. La expresión toca un punto particularmente sensible.

Escribir no consiste solamente en obtener un texto terminado. Muchas veces escribimos para descubrir qué pensamos. Una palabra conduce a otra, una dificultad obliga a reformular una idea, una contradicción abre una nueva pregunta. El resultado importa, también el recorrido que conduce hasta él. Cuando una máquina realiza ese recorrido, podemos obtener el resultado sin atravesar necesariamente el trabajo que lo produce.

Algo semejante ocurre con la interpretación. Una inteligencia artificial puede organizar información y ofrecer una lectura plausible de aquello que se le presenta. Interpretar implica también una relación singular con aquello que no sabemos, con lo que no encaja y con aquello que todavía no podemos nombrar.

La transformación tecnológica puede leerse también a la luz de la lógica del discurso capitalista formulado por Lacan. Allí donde las mediaciones se debilitan, se acelera la circulación entre el sujeto y los objetos capaces de ofrecer satisfacción. La inteligencia artificial parece extender esa lógica hacia el territorio del saber: ya no sólo consumimos información, sino que podemos disponer de respuestas elaboradas específicamente para nuestra demanda.

¿Dónde localizar, entonces, el goce que se pone en juego en esta relación con el saber? Quizás no en el saber mismo, sino en la posibilidad de obtenerlo de manera inmediata, personalizada y aparentemente sin límite. En la satisfacción de encontrar una respuesta allí donde había una dificultad, una pregunta o un no saber. La IA puede ofrecer así algo más que información: una modalidad de satisfacción ligada a la ilusión de que la falta puede ser rápidamente colmada.

La inteligencia artificial llega, además, a una cultura que ya había convertido la velocidad en un valor. La respuesta inmediata se ha vuelto una forma de organización de la experiencia. Podemos consultar a una máquina antes de decidir, antes de escribir, antes de interpretar, incluso antes de saber exactamente qué queremos preguntar.

¿Qué sucede cuando comenzamos a desprendernos de operaciones que no sólo realizábamos para alcanzar un resultado, sino que formaban parte de nuestra relación con nosotros mismos y con el mundo?  Sadin lo formula de manera contundente: “Cuando los hombres empiezan a desprenderse de algunos de sus atributos, el proceso se vuelve irreversible”.

Tal vez todavía no sepamos hasta dónde llegará este proceso ni cuáles serán sus consecuencias sobre las formas de subjetivación, el lazo social o nuestra relación con el saber. Pero hay una pregunta que no podemos dejar de formular: ¿qué tipo de subjetividad se configura cuando una tecnología puede intervenir cada vez más cerca del lugar donde pensamos, hablamos, interpretamos y decidimos?

Sadin deja planteada una pregunta que resulta difícil de eludir: “¿Se ve la gravedad de lo que está en juego?”.

*Pintura: Panorama del desconcierto. Luis Felipe Noé. 2013
*Artículo publicado el día 25 de agosto en Diario Siglo XXI.

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