Progresismo, identidades y debacle

*Por Eduardo Luis Aguirre |

Hasta la implosión de la antigua URSS y el colapso del resto de los socialismos “reales” europeos, coexistían en el mundo dos “paradigmas totalizantes”: el socialismo y el capitalismo pugnaban por establecer sendas hegemonías antagónicas y la guerra fría fue el terreno fragmentario donde se dirimieron dos formas de concebir la realidad. La caída de las burocracias socialistas produjo un cimbronazo político, económico y cultural en todo el planeta. La derrota de las izquierdas de tradición marxista se extendió como una marcha de aceite y cundió en sus militantes una desesperanza que quizás no fue debidamente mensurada por todas y cada una de sus expresiones. Sin embargo, con mayor o menor velocidad, la izquierda asumió la magnitud profunda de la derrota. Si bien no estaba del todo claro si la caída de los gobiernos podía equipararse a la inviabilidad o la sinrazón de una ideología que durante años había sostenido la bipolaridad global, lo cierto es que los tiempos se aceleraban en una coordenada de clara y novísima complejidad.

La deriva izquierdista, el día después del comunismo institucional, fue curiosa. En líneas generales, y asumiendo el pecado capital de la generalización, podríamos señalar que, ante el hundimiento del mundo socialista, se exaltaron representaciones de nuevos relatos minimalistas. Se asumió como un dogma la creencia de que la escora de los proyectos revolucionarios respondía, entre otros factores, al exceso de materialidad, generalización y abstracción del ejercicio de poderes que avasallaron las identidades y las subjetividades de los propios habitantes de sus respectivos países. Tanto el mayo francés como la ardua primavera de Praga, entre otros ejemplos, recuperaron la idea del rechazo al antiguo marxismo basándose en diferentes demandas de libertades individuales, derechos, garantías y universos que rescataban la necesidad de reconvertir la revancha de aquellos que pensaban que “todo era política”.

Eso era exactamente lo que el nuevo capitalismo impulsaba. La atomización de un universo totalizante y su sustitución por una multiplicidad de islotes reivindicativos fue alentada meticulosamente por el discurso de pensadores “post” marxistas e incluso por muchos que nunca antes habían adherido al pensamiento de Marx. De esa manera, los nuevos microrrelatos militantes abogaban por los derechos de las mujeres, de los presos, de los animales, del medioambiente, de los niños, de las diversidades, de los inmigrantes, etcétera. Aquel sujeto político unívoco y organizado compuesto por los trabajadores, los pobres, los oprimidos y explotados fue desplazándose, por influencia de la derrota ideológica, hacia una nueva forma de agudizar contradicciones acotadas que tal vez se hayan pensado, equivocadamente, como la posibilidad de ensayar cruzadas emancipatorias en alícuotas. Esas militancias fragmentarias postergaron indefinidamente su lucha contra la desigualdad y la injusticia social. Esto constituyó un genuino alivio para el capitalismo neoliberal. La ligereza que significó creer que la adhesión a loables demandas sectoriales terminaría reemplazando la lucha por la transformación de las estructuras económicas y sociales de la época fue fatal. Tanto, que muchos y oscuros magnates comenzaron a apoyarlas convencidos que esos colectivos habían asumido justamente el camino que el gran capital estaba esperando, y además lo hacía con portación de credenciales de autoridad. La decisión de esos camalotes progresistas demostró en su aparición iniciática lo que sería una regularidad de hecho: el progresismo piensa mal, responde a tradiciones intelectuales coloniales y es funcional a la reproducción de las relaciones de explotación. La única manera de corregir esos yerros sería comprender cómo se configuran los verdaderos antagonismos en los países neocoloniales, dejar de presumir de una infausta soberbia, tratar de entender la decisiva relevancia de la aparición del mundo de los ultramillonarios tecnócratas y sumarse como un complemento contingente a los movimientos nacionales y populares. La contradicción, como siempre, sigue siendo nación versus oligarquía e imperialismo en nuestra región. El progresismo no es un enemigo, desde luego, pero debería ser quien porta las ensaladas en el gran asado que significa la tarea de construcción de pueblo. Hay que formatear miles de cabezas liberales que, además, por primera vez han alcanzado ontología propia en la Argentina. Ya no son aquellas minorías extravagantes e inofensivas, sino que están o han estado en lugares de poder institucional y el daño causado ha sido y sigue siendo mucho. Su tarea inaugural debería ser parecerse a la gente, si es que verdaderamente le preocupa el pueblo. A la gente común y al común sentido. En la disputa cultural y política se debe ir un paso adelante de la conciencia colectiva pero no veinte, y mucho menos que esos muchos pasos sean ficticios o rotundamente erróneos. Profundizar las contradicciones secundarias y los agonismos no parece una estrategia prudente. La endogamia social, mucho menos. Más bien se asemeja a una rémora globalista del liberalismo, a una exaltación de la individuación sostenida por parte de las confusas almas sensibles. Lo que el sistema quiere es precisamente que establezcamos distancias entre nosotros y son las minorías las que deben adaptarse a las singularidades relativas y contingentes del pueblo y sus tradiciones y acervo. Todo bien con las sensibilidades artísticas. Perón era un gran tanguero, un admirador confeso de Gardel, de Edmundo Rivero y de Discépolo. Pero no conducía por eso, sino porque sabía.

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