Democracia, política y la deriva del estado presente

*Por Eduardo Luis Aguirre |

El Iluminismo, ese movimiento filosófico del cual derivarían las actuales democracias de occidente, reconoce sus orígenes en las tradiciones políticas, ideológicas y humanísticas de la Grecia Antigua. Fue la Modernidad la que se encargó de darle forma a ese ingenioso y complejo tránsito que va desde la polis hasta la formación de las naciones. Más de 2000 años demoró ese tránsito, que no fue para nada lineal. En esa evolución histórica, las democracias cada vez más cuestionadas deberían considerar siempre que las tradiciones políticas helenísticas no eran en realidad tan democráticas (las mujeres, los esclavos y los extranjeros carecían de derechos civiles y políticos) y duraron un tiempo corto, si lo contabilizamos en términos históricos. Los sucesivos modelos de estados constitucionales o sociales de derecho, luego sus réplicas neoliberales y hasta los esperpentos libertarios constituyen experimentos políticos creados en los últimos siglos. Los diferentes tipos de contrato social, de cambios consensuales y esfuerzos inclusivos, de protagonismos masivos y derechos ampliados son el producto reciente de conflictos, luchas y desenlaces diferentes que moldearon el devenir del pensamiento eurocentrado.

Esa historia inconclusa y nunca saldada ni consolidada de las democracias no solamente está siendo asediada por las expresiones más retrógradas que pudiéramos imaginar, sino que éstas comienzan a demostrar que son capaces de hilvanar proyectos políticos colectivos conservadores utilizando, quizás por primera vez, herramientas que no incluyen las asonadas militares. Nuestra región podría ser un claro ejemplo que nos permite constatar cómo estas ideologías permean los colectivos sociales y ganan elecciones, con las mismas herramientas que establece la democracia formal. Aun así, sus credos singulares los llevan a la inesperada convicción de que la democracia es incompatible con la libertad, que la justicia social es una aberración, que no puede tolerarse una idea solidaria ni mucho menos una noción profundizada de lo común y que es necesario ir hacia poderes duros, casi monárquicos, que sustituyan el poder débil de las democracias. Setenta años de democracia social de posguerra y de intentos emancipatorios en este margen parecen batirse en retirada como consecuencia de su propia incomprensión del mundo y la incapacidad de la política de transformar las existencias de las grandes mayorías populares. Esa categoría de pueblo, convertido ahora en una abrumadora mayoría de individuos, de subjetividades dispersas y desatentas al destino común de una patria componen un altísimo porcentaje de las nuevas sociedades en el maremagnum de la provisoriedad y el sálvese quien pueda. Esa deriva entre la adulación socialdemócrata de Tony Judt y la Comunidad Organizada de este margen sucumben frente a la inesperada potencia de los Huerta de Soto o los señores tecnofeudales.

La pregunta, nuevamente, es qué hacer. Alguien llamado Vladimir Ilich Uliánov se la formulaba ya hace más de un siglo. Para esta democracia, o lo que va quedando de ella, está permitido reprimir a los viejos, desamparar a los más vulnerables, escamotear derechos de toda índole, establecer el espionaje, la vigilancia y el control social ilimitado como práctica tecno política, desguazar el estado y hasta vender a capitales extranjeros la tierra argentina. Se trata del territorio, un pilar fundamental de la nación, que se suponía -hasta ahora- era el continente imprescindible de una convivencia armónica que, no obstante, retrocede frente al odio y la violencia. Y si no lo hace, al menos no sabe qué hacer con las nuevas matrices productivas extractivistas, la miseria, la desocupación, el endeudamiento familiar de millones de personas y el descreimiento colectivo, la frustración y la desconfianza frente a la política y lo político. Si admitimos que cualquier empresario sería más “eficiente” a la hora de manejar la cosa pública que el estado o, como el profesor de la Universidad Rey Juan Carlos creyéramos que muchas funciones estatales (como la justicia, la seguridad o la regulación de las asimetrías sociales) podrían ser ejercidas por actores privados o por el propio mercado, no habría mediación alguna entre la barbarie desatada de un poder cruel y una multitud de víctimas. Por algo esas corrientes siniestras del nuevo capitalismo no pueden soportar ni la moral ni la ética de las grandes religiones monoteístas.

Volvamos al dilema crucial. Al qué hacer. En principio, creo que en política no se puede desconocer o ignorar cómo piensa el adversario. Por eso citamos a Huerta de Soto, alguien que casi de improviso irrumpió en las narrativas que promueven las “nuevas derechas”. El numen inspirador de los libertarios actuales está convencido que en las actuales democracias indirectas hay un accionar deliberado de los políticos contra los votantes, adscribe al modelo suizo de democracia plebiscitaria antes de terminar admitiendo que “para un liberal más importante que el procedimiento en la toma de decisiones es el contenido concreto de las decisiones tomadas” (1). Esta aseveración coincide con el pensamiento de los tecnócratas que hemos venido analizando en nuestros últimos artículos. Huerta de Soto tampoco es del todo amable con los pensadores de la Grecia clásica, a quienes les reconoce sus aportes epistémicos pero les critica severamente su desidia al momento de crear una “ciencia económica” y su primigenia convicción de establecer un estado por mera y fatal arrogancia (el cliché preferido que escuchamos desde las más altas esferas del gobierno argentino) intelectual:  “Al igual que los intelectuales de hoy, no pudieron evadirse de la arrogancia cientificista de creerse legitimados para imponer a sus conciudadanos sus particulares puntos de vista, proponiendo para ello la utilización de la coacción sistemática del gobierno. La historia se repite una y otra vez y es muy poco lo que, incluso hoy, hemos avanzado en este sentido” (2).

Hay un tercer artículo del autor, en el que pinta de cuerpo entero su mirada sobre la cuestión nacional: “El problema del nacionalismo y la existencia de naciones produce, con carácter general, un gran desconcierto entre los pensadores liberales de hoy en día. Por un lado, se reconoce que el nacionalismo ha jugado un saludable papel protagonista, propiciando la caída de los regímenes comunistas del Este de Europa, y oponiéndose en muchas ocasiones históricas al estatismo intervencionista y centralizador. Además, importantes líderes liberales europeos han defendido recientemente el papel de la Nación como insustituible elemento equilibrador frente a las tendencias intervencionistas y centralizadoras que, por ejemplo, se están haciendo evidentes en el proceso de unificación europea. Finalmente, se observa en muchas circunstancias concretas cómo la descentralización nacionalista pone en funcionamiento un proceso espontáneo de competencia para reducir las medidas de regulación e intervencionismo que, en su mayor parte, tienen su origen en los órganos centrales de poder estatal.

Sin embargo, por otro lado, no deja de reconocerse que el nacionalismo ha tenido, en muchas ocasiones, importantes consecuencias contrarias a la libertad de los seres humanos. Así, sin ser preciso remontarse a la tragedia que supuso el auge del nacional socialismo en Alemania e Italia durante la primera mitad de este siglo, es fácil recordar la tragedia de la guerra que se desarrolla entre las naciones de la antigua Yugoslavia o, por ejemplo, el atropello a la libertad de elección de muchos ciudadanos que, en materia educativa, está realizando el actual gobierno de Cataluña” (3).

Soto se refiere siempre a las naciones opresoras. Al no distinguir entre éstas y los estados nacionales oprimidos, a los que podríamos llamar con alguna actualidad neocoloniales, tampoco hace diferencia entre los nacionalismos autoritarios de las expresiones que, como en la Argentina, todavía no han saldado su lucha por la verdadera independencia. Todo el pensamiento libertario, desde los clásicos hasta su mirada de las naciones y hasta el objetivo de la vida humana (que no sería otro que el lucro y la codicia) es incompatible con el humanismo de los pueblos iberoamericanos, su sistema de creencias y, sobre todo, las tradiciones intelectuales de sus pueblos originarios. La mayoría de la población de Nuestra América reconoce ese origen cultural. La democracia no nace en Grecia, los nacionalismos no son necesariamente autoritarios y si ese prisma no se modifica la base teórica libertaria cae sobre su propio peso, a manos de la realidad histórica, material y cultural de nuestras civilizaciones, donde lo comunitario, guste o no, adquiere una centralidad absoluta. La conclusión sería, finalmente, más Dussel (4) y menos escuela austríaca.

Una respuesta a «Democracia, política y la deriva del estado presente»

  1. Avatar de SANCHEZ ALUSTIZA MARTA GRACIELA
    SANCHEZ ALUSTIZA MARTA GRACIELA

    Excelente artículo para el debate, porque siento que desde la política estamos haciendo poco para sostener nuestro sentimiento comunitario y los políticos formados en estos pilares básicos se identifican profundamente con los valores individualistas, algunos creyendo así captar el voto joven y los muchos por su propia conveniencia y bienestar.-

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