Elogio de la tradición

*Por Eduardo Luis Aguirre |

La idea de tradición remite ordinariamente a lo antiguo, a lo que tiende fatalmente a ser superado por el transcurso del tiempo y el progreso. Esta acepción es curiosa, porque la recepción desdeñosa de la traditio no hace más que poner en una suerte de arcón conceptual a una categoría que, originariamente, responde a la transmisión, a la entrega, a un acervo que se prolonga como un articulador de las vidas colectivas y comunitarias. Intentaremos mostrar hasta qué punto la idea de un “progreso” imparable nos ha colocado en una situación contemporánea de colapso moral y riesgo existencial.

Quizás por eso, la búsqueda de un pensamiento tradicional capaz de recuperar ciertas esencias es una tarea imprescindible del pensamiento contracultural.

Juan Manuel de Prada es uno de los más grandes escritores actuales de habla hispana y un pensador notable. En una conversación con Gonzalo Pérez García, en el ciclo “El aullido del lobo” (1), el  polémico intelectual, reitera lo que desarrolla en su libro “Una enmienda a la totalidad. El pensamiento tradicional contra las ideologías modernas”. Prada, en esa conversación, recurre a una defensa a ultranza del pensamiento conservador contra la herencia cultural que nos legara la modernidad. Es cierto que el autor se expande en exceso y que asume posturas capaces de estremecernos. Por momentos, chapotea en un dogmatismo regresivo muy difícil de soportar.

Muchos de sus detractores, en consecuencia, se detienen en los extremos de su pensamiento conservador. Es una lástima. Nos perderemos en ese caso de disfrutar de sus magníficos libros (como “Mil ojos esconde la noche) y de un pensamiento que resulta ´provocador porque, quizás a su pesar, tiende a conservar aquello que la modernidad, el neoliberalismo y ahora el tecnofeudalismo han destruido de manera sucesiva. Conservar lo que todavía queda en pie, lo que no ha modificado el nuevo paisaje del sujeto del capitalismo, lo que el sistema no ha destruido todavía puede ser, por el contrario, una tarea liberadora. Una lucha defensiva frente al avance del idealismo eurocéntrico del siglo XVIII, del pensamiento hegeliano y cartesiano, del nihilismo determinista del progreso racionalista, de la pérdida interminable de la espiritualidad contemporánea, de la debacle que asedia.

“La base del pensamiento tradicional es reconocer la naturaleza humana y reconocer la realidad de las cosas. Se podría decir que el pensamiento tradicional es el realismo frente al idealismo que caracteriza a las ideas modernas. En el ámbito político sería reconocer un orden del Ser frente a las ideologías que creen que ese orden del ser puede ser cambiado, manipulado, transformado, mediante ese “poder creativo” que nos está conduciendo a barrancos verdaderamente temibles”, señala Juan Manuel de Prada. Por ende, “el pensamiento tradicional es algo muy modesto, es la observación de la naturaleza, propia del pensamiento aristotélico que descubre -precisamente- cuál es la verdadera naturaleza humana. En primer lugar “una naturaleza donde hay un elemento espiritual, un elemento donde hay un descubrimiento de lo sobrenatural, pero al mismo tiempo una naturaleza muy con los pies en la tierra. Este es el concepto básico a partir del cual el pensamiento tradicional se ramifica.” “Frente a la misión que tienen las ideologías del hombre prometeico, es decir ese hombre que tiene que alcanzar el fuego de los dioses, que tiene que robarlo y que una vez que tiene ese fuego puede hacer con su naturaleza lo que le da la gana, el pensamiento tradicional pretende que el hombre reconozca lo que es. En todos los ámbitos. Por supuesto, en el ámbito antropológico, pero luego también en el ámbito político, en el ámbito cultural, en el ámbito social y moral”. ¿Es tan conservador, en tanto retrógrado, este tramo de la entrevista que brinda el autor? No es fácil leer a los intelectuales como una totalidad o un bloque. Quizás lo más sano para el lector sea pesquisar con una curiosidad imprescindible cuánto de lo que ellos expresan pudo enunciarse también, de una manera similar, análoga, por parte de otros personajes relevantes de la historia, pero con una significación o un contexto distinto y a veces opuesto. En este caso en particular, y ante la evocación explícita de Prada, estamos ante una buena oportunidad de entender el pensamiento aristotélico, por dos vías interpretativas distintas y distantes.

En su célebre discurso en el Congreso de Filosofía celebrado en la Universidad Nacional de Cuyo en 1949, el Presidente Juan Domingo Perón señalaba: “A través de las ideas religiosas del Renacimiento y de principios de la Edad Moderna el hombre recibe del pensamiento helénico, como Israel desde el Sinaí, una tabla de valores. Pero observemos que el resultado indirecto de tales valores, al situar al ser humano ante Dios, fue definir la jerarquía del hombre”. “Esa virtud nos sitúa de plano en el campo de lo ético. La actitud se enfrenta con el mundo exterior. Se trata de ver hasta qué punto es susceptible de perfeccionar los módulos de la propia existencia”.

“Aristóteles nos dice: El hombre es un ser ordenado para la convivencia social; el bien supremo no se realiza, por consiguiente, en la vida individual humana, sino en el organismo super-individual del Estado; la ética culmina en la política. El proceso aristotélico nos lleva un punto más lejos del proyectado. Deseamos referirnos sólo a la imposición de la convivencia sobre las proyecciones de la actitud individual. Nuestra virtud no será perfecta hasta ser completada por esa ética, que mide los valores personales”.

“La vida de relación aparece como una eficaz medida para la honestidad con que cada hombre acepta su propio papel. De ese sentido ante la vida, que en parte muy importante procederá de la educación recibida y del clima imperante en la comunidad, depende la suerte de la comunidad misma” (2). Este es un pilar fundamental del pensamiento tradicional. Leídos ambos textos comparativamente, vemos que en ambos hay una preocupación ética común, pese a la distancia temporal e ideológica de ambos desarrollos.

Lo que diferencia al pensamiento de Perón es que en su discurso (que luego diera lugar a su libro “La comunidad organizada”) hay un magnífico desarrollo de lo comunitario, de la justicia social, de la libertad política y la independencia económica francamente vigente en su defensa revolucionaria de lo emancipatorio. Pero eso conlleva un reconocimiento de los aportes del Renacimiento y la Modernidad.

 Volvamos al desarrollo de Juan Manuel de Prada en torno a su idea de lo tradicional.

Ese pensamiento, según el entrevistado, se contrapone a aquellos intentos mediante los cuales los hombres creen que logrando una supuesta libertad (individual), construyendo su biografía, alterándola o diversificándola van a ser dueño del mundo y de su destino, van a modificar la realidad a su voluntad y hasta podrán hacer que se transforme la historia. Se trata de un concepto hegeliano -dice Prada- de una suerte de pequeña rebelión que hace que cuando el hombre se rebela contra lo que es, tarde o temprano lo conduce a la melancolía. Una reserva parecida, cabe recordarlo, le merece a Enrique Dussel el pensamiento moderno eurocéntrico, en particular el idealismo alemán del siglo XVIII.

El escritor español también sostiene, en detrimento de la modernidad, que los mensajes que se les imparte contemporáneamente a los jóvenes en el sentido de que tienen que hacer “lo que les guste” que “tienen que ser felices” los conduce en la gran mayoría de los casos a la frustración. “Porque la capacidad imaginativa humana es incalculable”, añade. Y al ser esa capacidad infinita, el hombre se lanza detrás de un supuesto llamado de la felicidad, de una determinada “vocación” y llega a pensar que todo lo puede, algo que es dramáticamente imposible. El hombre debe asumir que hay muchas cosas que no son posibles. Como lo planteaban las sociedades tradicionales. Nuestros intereses no siempre coinciden con procesos soñados de individuación y de realización. Muchas veces, la búsqueda obstinadamente “libre” de esos sueños nos desarraigan. De nuestro suelo, de nuestras familias, de nuestros afectos, de nuestro mundo. La posibilidad de contar en esta época con un mundo “nuestro” es un privilegio que pocos conservan en un contexto donde la tecnología arrasa. Hay un especialista en desarrollo urbano argentino, Fabio Quetglas, que se detiene en una cuestión interesante. A diferencia de lo que ocurría hace 50 años, hoy un joven puede acceder en las pequeñas o medianas ciudades donde vive a las mismas posibilidades a las que antes se aspiraba a llegar en los grandes conglomerados urbanos (3). Tiene las mismas posibilidades académicas, culturales, deportivas, lúdicas, intelectuales, espirituales, porque ha habido en nuestro país (y tal vez en muchos otros) una resignificación del territorio. Y en esa alteración se inscriben también las expectativas y los sueños. Hay un buen vivir, una “summa causa” que brindan aquellos pagos chicos que antaño abandonábamos. Esto no es absoluto, desde luego, pero tampoco hay una certidumbre de felicidad o éxito lejos de aquello donde hacemos pie. Y eso excede lo meramente territorial. Abarca lo afectivo, la facilidad para construir comunidad y entramar vínculos, de recuperar tiempos y distancias y hacerlas mucho más confortables desde el punto de vista humano. Dicho en otros términos se trata de conservar y fortalecer las “relaciones directas del hombre con su principio, con sus fines, con sus semejantes y con sus realidades mediatas. De los elevados espacios donde las razones últimas resplandecen, procede la norma que articula al cuerpo social y corrige sus desviaciones.¿Es el arraigo a la espiritualidad humana un retroceso? ¿Preferimos el hacer pie del “dasein”, el estar siendo de nuestros pueblos indígenas o la volatilidad de lo líquido que caracteriza a las culturas posmodernas? ( los que quieren hacer “lo que se les da la gana con su naturaleza”) el ámbito más propicio para fortalecer lo humano, lo comunitario, lo solidario en tiempos de desastre planetario? Es muy difícil resistir si se pierde la más despareja batalla cultural de nuestra historia como Nación.

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