*Por Eduardo Luis Aguirre |

Kristalina Georgieva visitó recientemente la Argentina. Además de las reuniones habituales (incluida una incursión llamativa en el encuentro de gabinete de un país soberano) se interesó personalmente por Vaca Muerta. Sabe que el yacimiento es una de las cartas que el gobierno argentino exhibe para garantizar el pago de su gigantesca deuda con el Fondo. Su presidenta, en declaraciones a la prensa nacional volvió a reiterar las históricas recetas del fondo: disciplinamiento fiscal, achicamiento del estado y reducción del gasto público, privatización de las empresas públicas, atar su moneda al marco alemán y luego al euro; liberalización de su economía y del flujo comercial internacional.

Dijo además que, en la medida que esas metas se cumplan por parte de la Argentina “era probable” que nuestro país pudiera revertir su situación actual. Y se animó a dar el ejemplo de su propio país, Bulgaria, que habría salido de una situación de gran complejidad adoptando las políticas emanadas del organismo, que sintonizan a la perfección con las perspectivas que en materia de política económica caracterizan al gobierno de Milei.

En su discurso en nuestro país, Georgieva pronunció un discurso llamativamente engañoso. Dijo textualmente: «Sé que la transformación del tipo que Argentina está atravesando es difícil. Lideré tres de ellas. Mi propio país en los 90, Bulgaria, sufrió hiperinflación y nos dio vuelta el escenario de la noche a la mañana con un programa del Fondo. Atravesamos tiempos difíciles, pero la perseverancia y contar con estabilidad macroeconómica y financiera, así como abrir la economía y darle lugar al crecimiento, trae sus beneficios. Mi país hoy es miembro de la Unión Europea, en enero se ha sumado al euro y el ingreso per cápita desde aquel entonces ha aumentado ocho veces. En mi país los jóvenes se iban de a miles y hoy somos un país que atrae nómadas digitales. Argentina puede hacer las cosas mucho mejor todavía».

La frase pasó prácticamente inadvertida. Por eso nos animamos a historizar brevemente la situación y el devenir búlgaro antes y especialmente después de recurrir al manual neoliberal que promueve el organismo mundial crediticio.

Digamos que Bulgaria fue uno de los países más sólidos y desarrollados de la órbita soviética después de la IIGM, cosa que no era un mérito menor para una nación de alrededor de 6 millones de habitantes. Lo fue incluso antes del conflicto bélico, cuando durante décadas su política expresó las diferencias y luchas de clases y los antagonismos sociales que su sociedad albergaba, consagrando en algunas oportunidades a movimientos de trabajadores como las expresiones gobernantes. Agreguemos, porque no es un dato menor, que quizás el primer conflicto que ralentizó el desarrollo de los búlgaros fue la discusión interna de reafirmar sus vínculos políticos y económicos con Moscú o abrirse a la segunda potencia comunista emergente: China. Eso colocó a los búlgaros en una situación dilemática que no fue fácil de saldar.

Miremos a Bulgaria ahora, después del “milagro” neoliberal y 30 años ininterrumpidos de reformas neoliberales. Se ve que el país balcánico ha tenido una más que generosa “perseverancia”, tal como lo reclama la funcionaria visitante. Veamos cuáles son los resultados obtenidos.

Es uno de los países más pobres de Europa. Exhibe una inestabilidad política llamativa que se expresa en elecciones celebradas frenéticamente, prácticamente una por año durante los últimos tiempos. La caída en manos del Fondo produjo efectos que contrastan llamativamente con lo que pregona su presidenta.

Como tantos países del Este, Sofía comenzó su penoso peregrinaje para ingresar a la Meca de la UE. Lo consiguió en 2007, hace casi 20 años. Ahora bien ¿cuál es la situación de la Bulgaria con posterioridad a las recetas del Fondo? Por supuesto, una relativa estabilidad y un ingreso a los mercados como lo que conocemos de sobra en Nuestra América. Pero además sobrevinieron en ese contexto otras consecuencias que no pueden dejar de mencionarse porque definieron de manera hasta ahora irreversible la estructura social de la antigua república.

El costo social de las reformas fue enorme. Desde la década de los noventa miles de fábricas cerraron, aumentó dramáticamente el desempleo, cayeron sustancialmente los ingresos de la población, aumento naturalmente la pobreza hasta niveles alarmantes, aumentó la frustración colectiva y las migraciones. Entre éstas y la baja de la natalidad, Bulgaria perdió un 20% de su población estable. A cambio de eso, debe soportar la instalación de bases militares de la OTAN en su territorio, que son vistas por Rusia como una amenaza a sus intereses estratégicos y por Irán como una plataforma de despegue de aviones estadounidenses. A nosotros nos tocó Peter Thiel, a los búlgaros, más de 5000 efectivos extranjeros. En ambos casos, se trata de “riesgos prohibidos” en el lenguaje particular del derecho penal funcionalista europeo.

Se estima además que, con este panorama, Bulgaria perdió alrededor de una quinta parte de su población desde principios de los años noventa, debido a la combinación de emigración y baja natalidad.

La industria nunca se recuperó. Posee una mediana estabilidad monetaria, va de suyo, porque se trata justamente de “un plan de estabilización exitoso”, ha bajado el déficit fiscal y la deuda pública, pero, como contrapartida, ha sufrido consecuencias durísimas.  Tiene uno de los más bajos salarios de la Unión Europea; su población envejece y sus jóvenes huyen del país; padece una corrupción galopante y una desigualdad social que se expresa nítidamente en el índice de Gini, hay una desigualdad notoria entre regiones y depende casi exclusivamente de la inversión extranjera. Su otrora clase media con acceso a derechos ha desaparecido prácticamente. En síntesis, los búlgaros alteraron su estructura productiva y su composición de clase en poco más de un cuarto de siglo. Cualquier parecido con el rumbo argentino no es pura casualidad. La diferencia está en la potencialidad económica y geopolítica de ambas naciones, pero el rumbo y las consecuencias que se perciben no pueden ser más similares. Bulgaria es uno de los ejemplos que propone Georgieva. Nacida en la capital de su país en 1953, no tardó en emigrar hacia lugares mucho más amables. Entre 1987, antes de cumplir 35 años, fue investigadora en la Escuela de Economía de Londres; luego profesora de la Universidad del Pacífico Sur y de la Universidad Nacional Australiana, luego de lo cual recaló en en Banco Mundial (del cual fue vicepresidenta) y luego de deambular por sitios cada vez más encumbrados llegó a la presidencia del FMI. Toda una emigrante afortunada, que ahora nos presenta la experiencia financiera de su país como un un éxito (vale recordar que durante ese tránsito sacrificial que duró décadas la funcionaria estaba fuera de su país, operando justamente en contra de los países denominados piadosamente “en vías de desarrollo) que contradice los propios informes de la Comisión Europea, quien da cuenta que pese a las rígidas reformas implementadas durante décadas, la experiencia del Fondo en el país Balcánico ha sido devastadora y está lejos de configurar un éxito. Es un modelo más donde el eventual e insuficiente crecimiento de la macroeconomía sume en la pobreza y el atraso a la mayoría de su población. Igaul que en la Argentina, donde los hallazgos extractivos no parecen muy proclives a incluir a las grandes mayorías y sus personeros ya comienzan a advertir que nuestro estado de bienestar, de justicia social, libertad ´política e independencia económica pertenece definitivamente al pasado. En síntesis, si Kristalina fue capaz de capaz de liderar estas consecuencias en su propio país ¿qué no sería capaz de hacer en el nuestro?

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