*Por Liliana Ottaviano | Solemos describir nuestra época como un tiempo de crisis de representación. Desconfiamos de los partidos políticos, de las instituciones, de los medios de comunicación, de la justicia e incluso de la política como espacio capaz de construir un horizonte común. Sin embargo, nunca pareció tan sencillo adherir a relatos que prescinden de toda mediación crítica o quedar capturados por narrativas cuya fuerza descansa menos en la consistencia de sus argumentos que en la intensidad de las identificaciones que producen.
Esa es, quizás, una de las paradojas más significativas de nuestro tiempo. Porque la pregunta ya no es si los ideales han desaparecido, sino desde dónde se producen y quién disputa hoy esa capacidad de producirlos.
Una escena de Los creyentes, filme protagonizado por José Coronado y Stéphanie Magnin y dirigida por Roger Gual, ofrece una imagen particularmente sugerente para pensar ese problema. No hace falta reconstruir el argumento de la película. Basta la imagen de una multitud que avanza sostenida por una misma convicción. Lo inquietante no es aquello en lo que cree, sino la forma que adopta esa creencia. La fuerza del grupo no proviene de la deliberación ni del intercambio de razones. Proviene de una certeza compartida. Y esa escena deja una pregunta que desborda la ficción:
¿Quién produce hoy los ideales capaces de organizar nuestras identificaciones colectivas?
Freud mostró hace más de un siglo que las masas no se constituyen únicamente alrededor de intereses comunes o de programas racionales. También necesitan ideales. No como simples ideas, sino como aquellas referencias alrededor de las cuales una sociedad organiza sus formas de reconocimiento, pertenencia y orientación.
Durante buena parte del siglo XX era posible reconocer, con todas sus tensiones y contradicciones, instituciones que participaban de esa producción simbólica: la escuela, las organizaciones sociales, los partidos político los sindicatos, las universidades, las iglesias. Ninguna monopolizaba el sentido, todas contribuían a construir un espacio donde los ideales podían transmitirse, discutirse y transformarse.
Hoy hablamos de crisis de representación para describir el descrédito de los espacios políticos, de las instituciones y de las formas tradicionales de autoridad. Pero los ideales no desaparecen cuando las instituciones se debilitan. Cambian de manos. Lo que parece estar transformándose es el lugar -o los lugares- desde donde una sociedad produce sus ideales y organiza sus identificaciones colectivas.
Si los ideales siguen siendo indispensables para la vida en común ¿desde dónde se producen hoy? ¿Quién disputa esa capacidad de orientar las identificaciones? ¿Los algoritmos? ¿Las plataformas digitales? ¿Los mercados? ¿Los influencers? ¿Los liderazgos carismáticos?
No se trata de afirmar que las instituciones hayan desaparecido ni de idealizar un pasado que también conoció exclusiones y desigualdades. La pregunta es otra ¿qué ocurre cuando las mediaciones simbólicas pierden parte de su capacidad para organizar una experiencia común y la producción de ideales comienza a disputarse en otros dispositivos, más inmediatos, más fragmentarios y muchas veces más difíciles de interrogar?
Hace algunos años que vengo proponiendo entender al neoliberalismo no solo como un modelo económico, sino como una transformación en las formas de subjetivación y de organización del lazo social. Esa hipótesis vuelve hoy bajo otra forma. Porque el problema ya no consiste únicamente en el descrédito de las instituciones, sino en preguntarnos desde dónde se producen las nuevas formas de reconocimiento, pertenencia y autoridad.
La psicoanalista Lidia Ferrari utiliza la expresión certezas delirantes para nombrar modalidades de certeza que no se dejan afectar por la pregunta. Sin trasladar mecánicamente una categoría clínica al análisis político, la expresión permite pensar un rasgo de nuestra época, la dificultad creciente para sostener una pregunta allí donde la certeza ofrece alivio.
La escena final de Los creyentes resulta inquietante porque pone en escena la potencia de una identificación colectiva cuya fuerza parece descansar menos en un trabajo compartido de elaboración que en la intensidad de una convicción común.
Lacan distinguía entre el instante de ver, el tiempo para comprender y el momento de concluir. ¿No será precisamente ese tiempo para comprender el que nuestra época está perdiendo? Todo parece exigir una toma de posición inmediata. Antes de comprender, ya hay que adherir, compartir, condenar o celebrar.
El problema político de nuestro tiempo es quién y cómo produce los ideales con los que una sociedad aprende a reconocerse. Porque allí donde se producen los ideales también se organizan formas de pertenencia, maneras de nombrar el mundo y formas de subjetivación.
La pregunta sigue siendo política y vale la pena volver a lanzarla ¿Quién produce hoy los ideales capaces de organizar nuestras identificaciones colectivas?
*IMAGEN: El hombre controlador del universo. Diego Rivera. 1934.
*Artículo publicado en Siglo XXI



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